Statcounter

viernes, 6 de octubre de 2017

Va de centrales nucleares





Peligros naturales, y otros…

Las conversaciones con mi nieto de 7 años van aumentando de "contenido" día a día. Lejos quedan las disquisiciones sobre quien es el animal más rápido de la selva, cuál de sus peluches se porta mejor o que varita de Harry Potter es la más bonita. Ahora tocamos temas de actualidad, y los analizamos a fondo.
- Hola cariño -le digo
- Hola, yaya
- ¿Has visto lo que ha pasado en Méjico? Y a tu tío le ha pillado bien pillado, pues acababa de llegar allí.
- Sí, pobre tío D. un terremoto tiene que dar mucho miedo, y es triste.
- Bueno, ahora ya está de vuelta a casa.
- Sí, pero en esos países tienen problemas, porque hay terremotos y huracanes -me dice.
- Sí, de vez en cuando pasa... Bueno, allí en Bélgica no os llegan, podéis estar tranquilos -le digo para desdramatizar.
- No creas, también tenemos problemas.
- ¿Cómo cual? - le pregunto.
- Pues es una cosa poco simpática que nos han hecho los alemanes - me dice muy serio.
- ¿Los alemanes? ¿qué os han hecho?
- Ya hace unos años han hecho una central nuclear justo al lado de la frontera de Bélgica... Y los humos vienen a Bélgica.
- ¡No me digas! ¡Que frescos! ¿Y eso está permitido?
- No lo se, pero no es muy simpático por su parte... además, un día puede haber un accidente y el problema será para nosotros (me dice la voz del sentido común). 
- ¿No podéis hacer nada?
- Se puede protestar.
- Sí, guapísimo. Menos mal que no tenéis terremotos y no es fácil que ocurra ningún accidente... Más vale no pensar desgracias. Vete tranquilo a la cama y les das un besito a todos los dudús de parte de la yaya y dormid tranquilitos. Te quiero, tesoro. Buenas noches.
- Buenas noches. Yo también te quiero. Besitos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Un mal sueño

... como la vida misma



Más que soñar, ha sido como verme en un espejo donde la mirada, traspasando carnes y huesos, llegaba al núcleo del alma, suponiendo que tenga núcleo... Voy a contar de qué va el sueño de hoy, pero llamaré Lela a la protagonista, para evitar llevarlo a un terreno demasiado personal.
 La Lela tenía dos hijos, un chico y una chica, maravillosos. Ya tenían más de 40 años. La nuera de la Lela era maravillosa, y el yerno también, maravilloso. Gracias a Dios, sus nietos eran preciosos y estaban sanos. Todo era maravilloso.
La Lela estaba triste ¿qué tenía la Lela? pues que estaba muy blandita, cualquier cosa la hacía llorar. Ya procuraba ella entretenerse con actividades y aficiones varias, pero no podía dejar callados el montón de miedos que la asaltaban. El problema principal era la salud, sobre todo el que las piernas no le funcionaban bien y, en fin, otras cosillas que no vienen al caso.
Como tampoco es que le gustara ir de víctima por la vida, pues la Lela procuraba cumplir con sus obligaciones y llegar donde se esperaba que llegara. No obstante, quizás fuera por el esfuerzo al que se sometía o simplemente porque estaba un poco deprimida, nuestra protagonista se volvió extremadamente sensible a los reproches y críticas de su familia, que eran los únicos que se las hacían, todo hay que decirlo... Y llegó un momento, que le pareció tan injusto que se le diera la culpa de todas las cosas malas que pasaban por el mundo, que medio enloqueció, lo digo sin exagerar, tal cual suena.  
Llegó el verano y resulta que la Lela había quedado en reunirse con toda la familia unos días en su pueblo. Y le hacía tanta ilusión, que contaba los minutos que faltaban para poder abrazarlos a todos. Ahorraré prosa sobre toda la energía e ilusión que la Lela desplegó para que la familia pudiera pasar unos días felices juntos. Pero, algo se torció. Fueron un par de llamadas telefónicas, algún reproche... nada grave, solo varias tonterías juntas, el caso es que los ánimos se enfriaron, y cuando llegó el día "D", pasó lo siguiente:
Cogió la Lela el autobús Barcelona-Barbastro, donde tenía que pillar otro con dirección Benasque, pero como nuestra protagonista tenía la cabeza a punto de explosión, el corazón muy agitado y muchas ganas de llorar, sin que fuera nada premeditado, se oyó a si misma pidiendo en la taquilla de la estación un billete para Boltaña. Después, desconectó el teléfono. Cuando llegó a su destino, pidió un taxi y se fue más lejos, y encontró una habitación en un hotelito en plena montaña, se tumbó en la cama, y pensó que al fin podría estar tranquila. Y la verdad, hay que decirla, es que lo estuvo, porque aunque parezca imposible, no pensó en nadie de la familia, se borró todo el mundo de su mente.
Allí estuvo dos días, hasta que la dueña del hotel le pasó una llamada. Era de uno de sus hijos, que le preguntó:
- Mamá ¿tú sabes lo que has hecho?
Ella no contestó nada, porque la respuesta le parecía obvia: sí, lo sabía. Evidentemente, le hubiera gustado más que le preguntara algo así como ¿estás bien? ¿qué te pasa? etc. pero no dijo nada, estaba cansada.
- Mamá, no te muevas de ahí, te vamos a buscar inmediatamente, pero que sepas que no hay derecho que no hayas hecho sufrir tanto...
Entonces ella, con la lucidez que le quedaba, pensó: si en cuarenta y pico años ejerciendo de madre y esposa sin haber hecho nada especialmente reprochable, ya me he tenido que tragar algunas broncas, ¿qué me espera ahora, que, reconozco, he hecho una barbaridad de las gordas?
Decidió actuar. Le dijo a la dueña, que la tenía bajo observación todo el rato desde la conversación telefónica, que iba a recoger sus cosas a la habitación, y cuando la dueña relajó la guardia y se ausentó un momento del hall, la Lela salió del hotel sin que nadie la viera. Siguió un cartel que ponía "Camino forestal", y cuando le apeteció lo dejó y salió de él y se internó en el monte. Y caminó, caminó mucho, y cuando al fin se sentó, ya se estaba haciendo de noche. Lela tenía frío y no sabía si quería que la encontraran o no, bueno, más bien que no... Y, como si fuera una niña pequeña, se acurrucó como pudo sobre el suelo y empezó a llorar y llorar mientras decía papá, papá.
Y así me desperté, con los ojos llenos de lágrimas. ¡Jo! y ahora ¿como voy a salir de casa con esta cara?   
     

martes, 5 de septiembre de 2017

Lecciones de economía


Nada de regalos...

Han pasado las vacaciones y lo mejor de estos días ha sido que he podido estar con mis nietos (¡y demás familia!). Ahora que ya los tengo otra vez lejos, he pensado que no es cuestión de hacerse la pesada y querer hablar con ellos por teléfono cada día. Mi nieto mayor, con sus  7 años tan bien llevados, ya tiene sus actividades y distracciones propias, y no quiero interrumpirle cada tarde para preguntarle qué tal está... Dicho esto, si tengo cualquier "excusa", por pequeña que sea, le llamo. Como, por ejemplo, anteayer.
- Hola, cariño -le digo.
- Hola, yaya.
- ¿Te interrumpo algo?  
- No importa - me contesta muy educado- estoy haciendo una partidita con un vídeo juego, pero puedo continuar después. Ya estoy en el nivel 29...
- Perdona, te dejo enseguida, es que quería preguntarte una cosa. Hoy en el supermercado me han regalado unos cromos de Disney, y creo que también se pueden conseguir peluches. Quería saber si te apetece coleccionarlos o ya eres mayor para eso.
- ¿Son los de los coches? Aquí los daban el año pasado... No, no hace falta que me los guardes.
- De acuerdo, es que como los regalan he preferido preguntártelo -le digo.
- Yaya -me dice en plan profesor paciente- a ti te parece que te los regalan, pero no te los regalan: los pagas. Tienes que comprar una cantidad en el super, y te dan un sobre solo si gastas 10 ó 15 euros. Tú piensas que no te cuestan dinero, pero te has gastado dinero.
- ¡Ostras! -digo lo más inocentemente posible - ¡no se me había ocurrido!    
- No te preocupes, eso le pasa a mucha gente -me dice para consolarme- oyen que regalan cromos y piensan que no cuestan nada, pero no es verdad. Bueno, si quieres puedes guardármelos para mis amigos, que aún no han terminado el álbum.
- Eso está hecho, cuando tenga varios sobres te los mando. Y gracias por lo que me has explicado.
- A mi también me lo explicaron, no lo sabía. Buenas noches yaya.
- Buenas noches, guapísimo.  


viernes, 28 de julio de 2017

En la copa de los árboles



La historia de mis sueños
la escribí en la copa de los árboles,
y los días de viento
caen trocitos sobre los coches,
y los días de lluvia
se mojan las palabras
y resbalan por las hojas
y por los troncos
hasta la calle. 
La historia de mi vida
la diluí en un vaso de agua grande
y puse azúcar
y un poco de limón,
y se la doy a mis hijos
gota a gota,
siempre que puedo,
para que beban de lo mío
y prolonguen mi existencia
en su pensamiento,
hasta que también ellos
se acaben.




sábado, 22 de julio de 2017

La pesadilla de la protección de datos


¿y quién me protege a mi? 


Lo de esta noche ha sido ha sido una pesadez, además de pesadilla. El sueño que os voy a comentar ha sido el último antes de despertarme, por eso me estoy acordando todo el día y no me lo puedo sacar de la cabeza... Bueno, para ser sinceros, a esta hora de la tarde ya me estaba olvidando, pero lo quiero escribir para que eso no ocurra.
Habíamos llegado a Bruselas mis padres y yo (ellos no estuvieron allí jamás). Y como los sueños tienen la gran ventaja de ser atemporales, bueno, que no se tiene noción del tiempo, esta noche ellos tenían la edad que tenían cuando fallecieron, y yo la que tengo ahora (mayor que ellos) y todos tan contentos.
Hemos llegado a un gran hotel en el mismísimo Rond Point Schumman, nos hemos registrado y les he acompañado a su habitación. Una vez instalados, y en lugar de ir a hacer lo mismo e irme a la mía, les he dicho a mis padres que me iba un momento a ver a mis amigas Carmen y Rosy que estaban en otra habitación, y que enseguida volvería a buscarlos.
De la visita a mis amigas no me acuerdo de nada, pero sí que al querer regresar a buscar a mis padres, resulta que me había olvidado del número de la habitación, así es que he bajado a recepción a preguntar.
Allí en el mostrador de recepción había varias señoritas atendiendo a los numerosos clientes, que hacían interminables filas para registrarse. Me ha llamado la atención que los empleados del hotel llevaran unos uniformes tipo militar. Para no tener que esperar tanto rato, he preguntado amablemente a la señorita que tenía menos gente esperando:
- Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?
- No, tiene que ponerse en la fila y esperar su turno -me ha dicho con tono autoritario.
Me he colocado en mi sitio y cuando me ha tocado mi turno le he dicho:
- Me he registrado con mis padres hace un par de horas, pero ahora no recuerdo el número de su habitación ¿podría decírmelo, por favor?
- No, no puedo -me ha contestado con cara de pocos amigos. Eso es cuestión de protección de datos.
- Perdone, son mis padres. Me están esperando...
- Llámeles al móvil y pregúnteles.
 - No tienen móvil, son mayores, me necesitan. Me están esperando...
- Lo siento, son datos que no puedo dar. Siguiente, por favor.
Como soy una persona bastante obediente y que no me gusta armar jaleo, me he retirado unos pasos del mostrador y me he puesto a pensar. Bueno, eso es mucho decir ¡a imaginar! pues me angustiaba preguntándome ¿cómo estarán mis padres? ¿que pensarán al ver que pasan las horas y yo no vuelvo a buscarlos? 
Al final he decidido colocarme en otra fila. La he seleccionado porque el chico que la atendía tenía cara amable. He esperado más de media hora, porque tenía delante de mi dos japoneses pero, cuando ha llegado su turno, han empezado a aparecer paisanos suyos por todas partes. Se ve que era un autobús y solo hacían fila dos responsables ¡que rollo! ¡esto sí que es colarse!
Finalmente me toca a mi. Me he mentalizado: en la guerra como en la guerra, yo me quería hacer oir y tenía que actuar. 
- Por favor -le pregunto con toda a amabilidad del mundo al chico sonriente -¿puede decirme en qué habitación están mis padres? me están esperando y he olvidado el número.
- No, lo siento, -me responde sonriendo- no podemos facilitarlo. Es por la protección de datos...
Y cuando estaba a punto de gritar ¡policía! ¡a mi, policía! se me ha encendido una luz en la cabeza:
- Por favor, ¿puede llamarlos, para que hable yo con ellos?
- Desde luego, señora, ¿cuál es el nombre de sus padres? Le paso la comunicación...
¡Seré tonta! ¿Por qué he sufrido tanto si la solución era tan sencilla? ¿Por qué la imbécil que me ha atendido (desatendido) antes no me ha ayudado a encontrar la solución? ¿Por qué me angustio tanto por nada? ¿Por qué los sueños son tan retorcidos?



viernes, 21 de julio de 2017

El frutero se vuelve violento



Y los sueños, sueños son



Siempre he pensado que los sueños son un regalo que nos ofrece la vida. Gracias a ellos podemos movernos por un mundo donde todo es posible, lo que nos permite hablar con seres queridos que llevan décadas muertos, corretear por las casas donde vivimos cuando fuimos niños y disfrutar de muchas cosas, como si aún fuéramos inocentes. 
A pesar de estas maravillas que ofrecen los sueños, he de confesar que me están empezando a dar miedo. Sí, andan muy descontrolados últimamente, no sé que les pasa. Igual es culpa de la enfermedad, o de los medicamentos, de la edad, o de las series de la tele, no lo sé, pero los sueños me están desbordando.
Esta noche resulta que estaba yo en la frutería que tengo cerca de casa, a la que voy todas las días, y que regenta un chico muy amable y tranquilo (no digo la nacionalidad para evitar cualquier interpretación malintencionada). En el sueño, sin que viniera a cuento, de repente, ha agarrado unas esposas y ha atado a una de sus clientas, (entradita en kilos y en años) a una caja de sandías. Es decir, que el tío ha inmovilizado la mano de una señora en una esposa, mientras ponía la otra arandela de la esposa en la mencionada caja de sandías. La conversación ha sido surrealista:
- Pero, ¡por Dios! ¿QUE HACE? si yo no he hecho nada! acababa de entrar en la tienda...
- Pero lo iba a hacer, señora, que la conozco y sé lo que iba a hacer... (le ha replicado el tendero a dos centímetros de la cara de la pobre mujer, mientras la miraba muy fijo)  ¡Y LA FRUTA NO SE TOCA! (le ha berreado).
La pobre mujer estaba a punto de llorar, e insistía.
- Pero ¡por Dios! ¡suélteme! si parezco una ladrona así atada... Mire, que no puedo estar mucho rato de pie porque me tengo que operar de la cadera...
Mientras la mujer hablaba, me ha entrado el pánico, porque sí, yo soy una clienta de las que tocan la fruta, desde los aguacates a los melocotones pasando por las judías verdes... ¿qué debo hacer? ¿qué puedo hacer para no acabar inmovilizada como aquella mujer? ¿pagar los productos que ya he seleccionado y hacer un mutis lo más rápido posible o ponerme a correr directamente? ¿Y si salgo corriendo y me ataca el hombre por detrás, por ejemplo tirándome un coco a la cabeza? ¿Qué hago, por Dios, qué hago?
 De repente me doy cuenta que el frutero está hablando conmigo: 
- ¿Eso es todo lo que quiere, señora?
- Sí, gracias (le he dicho por no entrar en detalles, porque ¡quería tantas cosas! como por ejemplo no hacer el ridículo, como la pobre señora que estaba gritando blandiendo el monedero con su mano libre:
- ¡Socorro! -gritaba ella ya en plan melodramático total- ¡Ayuda! ¡Que me suelte! ¿Por qué a mi, Dios mío?
En mal momento se ha cuestionado ésto la clienta atada, porque el hombre ha reaccionado con prontitud: ha agarrado a una viejecita menuda que estaba entrando en el establecimiento y sin que yo sepa de dónde las ha sacado, ha enchufado una esposa en la delgada mano de la anciana y con la otra, la ha inmovilizado enganchándola a una caja de melones... ¡No me lo podía creer!
- Doce cincuenta -me ha dicho a mi el tendero.
- Se lo doy suelto -he pagado, he pillado mi bolsa con la fruta, he intentado esquivar la mirada de la primera esposada y su mano, armada con el monedero que quería atizarme en el brazo, probablemente para llamar mi atención, y he salido de aquella especie de tienda mazmorra lo más dignamente posible.
Después de andar unos pasos por la calle, me he despertado, pero la pesadilla continúa todavía: ¿cómo he podido hacer una cosa así? ¿por qué no le he cuestionada nada al chico de la tienda? ¿por que no he llamado a la policía? ¿porque no me he dignado mirar a aquellas víctimas? ¡Dios mío! SI UN DÍA SE ENTERAN MIS NIETOS ¿CÓMO ME JUSTIFICARÉ de tanta cobardía? ¿Qué podré decirles para que me sigan queriendo? ¿o no soy culpable de nada? al fín y al cabo, uno no es responsable de lo que sueña, ¿pero he soñado eso por algo...? ¿es mala conciencia...? 
A ver si esta noche sueño algo más divertido...

martes, 13 de junio de 2017

Excursión fin de curso



Miércoles
Mi nieto se va a marchar con los niños de su clase a pasar unos días al campo.  Desde hoy, miércoles, hasta el viernes. Ayer me dio la noticia, todo alborozado:

- Yaya, si me llamas mañana no me encontrarás en casa. Y el día después, tampoco, porque no estaré.
- ¿No estarás? ¿dónde vas? - le pregunté.
- Vamos toda la clase a estar unos días en el campo. Tenemos que estudiar los pájaros, la Naturaleza,  el bosque...
- Vais a aprender un montón de cosas, ya me contarás.
- Sí, vamos a aprender, pero también habrá tiempo para jugar. Y voy a dormir con mi amigo D.
- ¿No es un poco revoltoso?
- Sí, pero nos lo pasamos bien. Te llamaré cuando vuelva, yo creo que a las 4.30...
- Tranquilo, que a lo mejor estás cansado, ya hablaremos.
Viernes
A las 7 de la tarde, como no he sabido nada del peque, llamo yo por teléfono:
- Hola, cariño ¿qué tal ha ido la excursión?
- Grr, hhhh, grr...- y en un tono muy muy bajito, precisa - No puedo hablar...
- Te has quedado afónico ¿verdad? Tranquilo, hablamos otro rato, solo quería saber si estabas bien. Muchos besitos.
Sábado
- Yaya, ya puedo hablar.
- ¿Qué tal lo has pasado? ¿Has cantado mucho?
- Es que hicimos una fiesta disco, y bailamos todo el rato.
- ¡Que chulo!

- Sí, nos lo pasamos muy bien, porque F. sacó a bailar a 20 niñas y todas le dijeron que no.
- ¡Pobre criatura! ¿por qué hacen eso las niñas? ¿no sois todos compañeros? eso no está bien.
- Yaya, es que es muy tonto y muy chuleta.
- Y las niñas ¿es que no pueden salir a bailar solas, sin que las invite un chico?
- Sí, ya lo hacen, pero es más divertido si las invita un chico.
- ¿Y viste muchos pájaros en el bosque?
- Sí, pero lo más divertido fue la fiesta-disco.
- Me alegro de que te lo pasaras bien, guapísimo. 




Viernes