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miércoles, 21 de diciembre de 2016

recordando




Solo un gorro

Tenía mi nieto cuatro años cuando vino con sus padres a pasar las Navidades con nosotros. El día 24 de dciembre me acompañó a hacer las últimas compras para las comidas navideñas, y para salir a la calle se puso su anorak y también le apeteció encasquetarse un gorro de Papá Noel que le habíamos comprado. Estaba muy guapito.
La gente es amable con los niños y, en todos los sitios que entrábamos, le hacían un saludo especial: "Mira quién está aquí, ¡Papá Noel en persona!", o "Pruebe esta croqueta Sr.  Papá Noel, ya verá que buena"... Lo malo fue que dos o tres personas repitieron el mismo argumento, tipo "Sr. Papá Noel ¿me traerá muchas cosas? ¡que yo he sido muy buena! "Por favor, ya se acordará de lo que le he pedido...", y mi pobre nieto, que es más bueno que el pan (palabra de abuela), solo decía cariacontecido por temor a decepcionarlos:
- Pero es que yo no soy Papá Noel ¡solo soy un niño que me he puesto un gorro!
Y es que a veces la gente mayor somos muy poco razonables tratando a los niños ¡si lo sabrán ellos! (los niños).


miércoles, 7 de diciembre de 2016

Funcionamiento de un artilugio mágico




¿O se trata de un mecanismo muy muy sofisticado?



- Hola, yaya, te tengo que pedir un favor, pero si hay algún problema "no es grave", no te preocupes.
- Dime, ¿de qué se trata?
- Es que no sé si cuando vaya a tu casa estas vacaciones, podrá funcionar el caga tió de otros años...
- Bueno, en realidad funciona solo para Nochebuena y tu vendrás para fin de año. Pero podemos intentarlo.
- Yo creo que si le empiezas a dar comida cuatro semanas antes, llegará aquél día y funcionará.
- No me acuerdo muy bien qué es lo que tenía que darle para comer, ya preguntaré.
- No hace falta que le des nada especial, si le das algún bocadillito o fruta ya está bien.
- Estupendo, no hay problema.
- ¿Sabes, yaya? no entiendo cómo puede funcionar, debe llevar un mecanismo muy complicado...
- ¿Tú crees? 
- o es magia... ¡Sí! es mágico y por eso puede hacerlo. Porque hace que aparezcan un montón de dulces y tantas cosas... ¡y es un trozo de madera! Da un poco de pena que haya que pegarle para que saque todo eso, ¡pero es que si no, no funciona! - tras una pausa dedicada a la reflexión, mi nieto continúa- Pero no se entiende, es muy complicado... ¿cómo funciona yaya?
-Creo que es más fácil de lo que parece:  funciona porque tú quieres que funcione y, lo que es muy importante, tienes alrededor tuyo personas que te quieren mucho y quieren lo que tu quieres, y todo eso produce una fuerza que hace que la tronca te dé dulces.
- ¡Ah! ¡vale! Entonces, la podré utilizar también este año. Pero acuérdate que el palo estaba roto, si puedes encontrar otro sería mejor.
- De acuerdo, le daré comida y buscaré un palo. Te quiero guapísimo.
- Yo también. Besitos.    

lunes, 28 de noviembre de 2016

Capítulo 14. Epílogo



                        Capítulo 14


DIsolución, REsolución: CONCLUSIÓN


Llegados a este punto, justo era reconocer que habíamos descubierto muchas cosas, algunas muy importantes, pero seguíamos sin tener los elementos suficientes que nos permitieran el relato del caso en su totalidad de un modo coherente y encontrando las explicaciones pertinentes para tantas dudas como todavía teníamos.

Para la historia de los dos esqueletos, bueno, lo que quedaba de ellos, podíamos demostrar que, durante la guerra civil, Pedro Mur los había encontrado en la cabaña y les había dado sepultura, o mejor dicho, casi habría que decir que los empaló, pues los puso entre las piedras de un muro. Que pilló una bolsa con algunas joyas que llevaban y que encontró el arma con el que fueron asesinados. Se trataba de un cuchillo de monte que, fácilmente, se podría demostrar que fue el que utilizó Julio Sánchez para darles muerte. Estas pruebas y el testimonio de aquellas personas que vivieron aquellas circunstancias en primera persona, permitirían reconstruir los hechos. Pero, ¿cómo se podía explicar la continuación de esta historia? ¿Qué es lo que unía el crimen de la pareja durante la Guerra Civil con la muerte de los dos franceses?                                                                                                 
La clave estaba en la relación de Sánchez con Tony Lemonière. Probablemente, a este chico interesado en conocer su historia familiar, el comisario lo atrajo con algún engaño. Incluso, existe la posibilidad de que Sánchez, gran manipulador, le hubiera propuesto descubrir “la verdad” de lo que había pasado en aquella cabaña para demostrar la inocencia de su abuelo, Pedro de Mur. Quizás, Tony Lemonière, con el entusiasmo y la fuerza de la juventud, pensó que él lavaría el honor de su abuelo y acabaría con cualquier sospecha sobre su conducta. El cargo que Sánchez ocupaba y el hecho de que conocía todas las vicisitudes de su familia, serían determinantes para infundir confianza en el joven. Pero, por lo que respecta a Sánchez  ¿qué necesidad tenía de buscarse semejante aliado? ¿Para qué necesitaba otro socio a estas alturas?
La verdad era que el comisario, a pesar de estar en el epicentro de la información y conocer todo lo relacionado con el tema, tenía muy poca capacidad de maniobra, no se sentía libre de hacer las pesquisas que él quería, ya que todos sus movimientos eran observados por sus subordinados, vecinos, etc. Era impensable que pudiera examinar un centímetro de tierra alrededor de la cabaña, sin que se enteraran todos. Y él vivía angustiado porque desde hacía años tenía un asunto pendiente, bueno, dos: encontrar los esqueletos de aquella pareja y el arma utilizada en el crimen. Si alguien los descubría antes que él, podría darse el caso que se hallaran pruebas para poder inculparlo. Su vida pendía de ese hilo.
Cuando Sánchez conoció a Tony, vio la gran ocasión. El chico, con su novia, le harían el trabajo sucio y luego ya pensaría en algo para silenciarlos. Siempre había sido un gran improvisador y ahora, más que nunca, estaba muy seguro de si mismo.
Tony y Fátima se pusieron a buscar el tesoro (¡conocían la cláusula testamentaria que hablaba de las higueras!) pero lo que encontraron después de un fatigoso día de trabajo, fue unos esqueletos envueltos cada uno en una sábana, colocados los dos juntos entre las piedras del muro. Llamaron por teléfono completamente exaltados al comisario quien, probablemente, les diría que no dijeran nada a nadie todavía, y que él iba a buscarles con su coche. Sobre la marcha se le ocurriría, como primera medida, dejar los esqueletos en mi casa, pues seguramente sabía que yo no estaba y no había vecinos que pudieran controlar las entradas y salidas del garaje. Y, estuviera previsto o no, Sánchez aprovechó la casa vacía para eliminar a sus socios. El hecho de que yo regresara de mi viaje antes de lo previsto, fue el motivo de que le hubiera pillado sin haber puesto orden en semejante escenario. 
En la trascendente reunión que celebramos los cuatros amigos, Joaquín, Javier, Pedro y yo misma (porque a pesar de las diferencias de todo tipo que nos separaban nos habíamos convertido ya en cuatro verdaderos amigos), en plena sintonía de cordura, decidimos que el caso ya nos desbordaba, que estábamos física y anímicamente exhaustos y que se nos habían agotado las ideas. Reconocimos que hasta allí habíamos llegado, pero que a partir de ese momento necesitábamos dejarlo en manos de personas profesionales y competentes. Nosotros no podíamos hacer nada más y queríamos volver a nuestra vida normal. 
A partir de ahora, en la nueva etapa que se abría, policías eficientes podrían, probablemente, rastrear las llamadas o los mensajes electrónicos que se intercambiaron. Y, pese a las precauciones que tomó Sánchez para que no los vieran juntos (hacerles aparcar el coche en la ermita, abandonarlo allí con todo el equipaje…) alguna manera se encontraría de demostrar que estuvieron en contacto.
Fuera como fuera, nosotros no podíamos aportar nada más, seguro que la Justicia seguiría su camino y se acabaría sabiendo la verdad. Y eso era indispensable para encausar al comisario Sánchez, ya que los primeros crímenes que había cometido, por suerte para él, ya estaban prescritos.


  
EPÍLOGO

¡Que fácil es cometer errores! Afortunadamente. Y ahora veréis por qué lo digo.
Julio Sánchez era calculador, listo, frío… pero no tanto. Cuando se deshizo de los dos jóvenes en el cuarto de lavar de mi casa, evidentemente pensó en coger sus teléfonos móviles, pues en ellos estaban registrados algunos mensajes que le podían involucrar. Incluso habría fotos, pues había visto como Tony Lemonière tomaba instantáneas en la cabaña. También vio como Fátima les hacía fotos a los dos, desde lejos, pero, tan lejos, que el comisario no advirtió que Fátima no hizo las fotos con su móvil, sino con una pequeña cámara digital.

Transcurridos un par de meses de los hechos que he referido, ya en octubre, vinieron a pasar unos días conmigo, en mi casa, mi hija con su familia. Como hay que hacer muchas cosas para entretener a una criatura de siete años, un día extendimos en el garaje una mesa de ping-pong que guardaba desde hacía años, donde habían jugado mis hijos cuando eran pequeños. Nos pusimos a pelotear un rato y las pelotas volaban en todos los sentidos, para arriba, para abajo y de un lado a otro, y cuanto más tontamente jugábamos más nos reíamos. En un momento determinado, una pelota se metió debajo de una estantería de metal que había allí, y no la podíamos recuperar. Entonces, mi nieto, de ideas rápidas, vio un palo largo de un cepillo, lo pilló y se puso a hurgar debajo de la estantería a ver si salía de una vez la pelota. Después de dos o tres intentonas, ¡SORPRESA! la pelota salió junto a una bolsa de plástico, algún folleto turístico y un pequeño estuche. Cuando lo examinamos, vimos que era una cámara digital NIKON Cool, muy pequeña de tamaño. 
- ¿ Qué es esto? - pregunté - si parece una máquina de fotografiar.
- Mira que ordenada es la yaya – reían todos tomándome el pelo.
Pero entonces, se me ocurrió mirar las fotos que había para saber de quién era el aparato y ¡oh, cielos! ¿qué veo? Allí estaba Tony Lemonière con Julio Sánchez examinando la cabaña, mirando las higueras, intentando mover las grandes piedras de la pared de contención, etc. etc. un reportaje completo. ¡Y pensar que Sánchez me había acusado a mi de ser amiga de Tony y no había reconocido ni un segundo que el que lo conocía era él!
Afortunadamente la verdad estaba a la vista, unas fotos eran la prueba, parecía un milagro. ¿Cómo había podido suceder? Probablemente, cuando llegó Sánchez con la pareja francesa y los esqueletos a mi garaje, al bajar del coche se le cayó la cámara a Fátima y, con los nervios del momento y la siniestra cargamenta que llevaban, no se dio cuenta ni de que se le había caído ni que se metía allí debajo. Parecía increíble que después de tanto haber examinado el garaje, se le hubiera pasado por alto a la policía, probablemente porque la estantería estaba en el lado opuesto a donde encontraron los esqueletos.
El resto de la historia no hace falta contarla, se puede imaginar. Y la alegría de mis compañeros “detectives”, indescriptible. Ahora nos reunimos a veces para recordar nuestra aventura y nos hemos prometido que, cada año, el mismo día que hicimos el gran hallazgo, nos juntaremos para comer o cenar.
Por cierto, que ahora ya puedo poner título a esta narración, porque ya no os descubrirá nada que no sepáis. Os propongo tres ¿cuál os gusta más? Tomaros vuestro tiempo y pensadlo, no tengo prisa. ¡Gracias por la sugerencia!   
1. La Nikon Kool

2.ERROR FATAL (el de Sánchez)


3.Casi todo tiene una explicación









sábado, 26 de noviembre de 2016

4 días con mi nieto


Una minucia

Sí, eso es lo que he estado con mi nieto, cuatro días y cuatro noches. No son nada para todo lo quisiera estar con él, para lo que teníamos que hablar, para lo que teníamos que hacer ¡se han pasado volando! Pero, bueno, hay que conformarse y pensar que algo es algo y estas son algunas de las cosas que sí he podido hacer: 
- He visto la tele sentadita muy cerca de él, a ratos cogiéndonos la mano, eso sí con la Serpi montada sobre mi hombro. Serpi es un peluche que representa a un animal que no me gusta (s-------e) pero que, según mi nieto pedagogo, me tengo que acostumbrar a querer. Si la quiero a ella, afirma el guapito, automáticamente querré a todas las de su especie y podré ver ¡al fin! la película nº 2 de Harry Potter, que hasta hora no me recomienda que vea, porque dice que no la resistiría. No es fácil hablar de estas cosas con él cuando, cada vez que giro la cabeza hacia la izquierda para verle la carita, me topo con la alargada (por no decir otra cosa) lengua de Serpi acariciándome la oreja.
- Hemos jugado mucho al ajedrez, él juega bien para ser un niño y yo juego fatal para ser una adulta. De casualidad, en alguna ocasión se me ha presentado la oportunidad de ganar, pero entonces, he detectado un problema con el que no contaba: resulta que si gana él es un niño listo, pero cuando voy a ganar yo, soy una abuela desaprensiva... ¡hay algo que se me escapa!
- Me sorprende que el mismo niño que se va a la cama con dos vacas, una pantera, un tigre, un oso, Serpi, etc.  sea el  que, al  darle el beso de buenas noches, me dijera el primer día que estaba en su casa:
- Ya has visto lo que le ha pasado a tía Dorita -fallecida hace dos meses- ¿estás triste?
- Un poco sí - le contesto.
- Claro, da pena. Pero la vida es así, procura no estar triste - me aconseja.
- ¿Cómo voy a estar triste si te tengo a ti?  
Y con  lágrimas en los ojos pienso ¿cómo no va a ser tierno con su abuela si lo es hasta con Serpi?  Aunque sigo sin entender como un ser humano que razona tan bien, pretende descansar en una cama tan pequeña con toda esa fauna alrededor.



viernes, 11 de noviembre de 2016

Capítulo 13


                        Capítulo 13

 El arma del crímen


Para no hacer esto más largo que El Quijote, intentaremos resumir un poco, aunque haya que omitir algunos pasos de la investigación.
Después de que un primo de Raúl confirmara la versión de Anita y asegurara de que a la familia Palacios le habían llegado voces, ya desde el primer momento en que ocurrieron los hechos, de que había sido el tal Julio Sánchez quien había salido al encuentro de la pareja, les había robado y, sin lugar a dudas, había acabado con ellos, solamente nos quedaba un cabo suelto que había que atar cuanto antes. Se trataba de contactar con la novia que tuvo Julito en La Cardelina, que seguramente nos podría facilitar datos importantes. Y eso es lo que hicimos.
Lola, la que fue novia de Julio, era hija de Pilar (hermana de Pedro Mur) y Francisco,  se había quedado viuda hacía unos años y vivía con una de sus hijas en La Cardelina. Era una mujer amable que no parecía muy habladora y a las preguntas que le hacíamos solía contestarnos con una sonrisa o frases como “ya se puede Vd. imaginar”, “Quien lo podía saber” o “Dios mío ¡qué tiempos!” Con estas respuestas y pocas más, nos hicimos una idea de lo que fue su relación con Julio Sánchez, de las humillaciones que ella y su familia tuvieron que aguantar y las faltas de respeto y compasión que tuvieron que sufrir. Una y mil veces aquél don nadie les reprochó la actitud de su tío Pedro, el que vivía en Francia, quien, según él, había matado a una pareja joven que había encontrado en la cabaña que tenían en el campo y les había robado todo lo que llevaban encima. No se cansaba de repetirles que si la Guardia Civil los dejaba tranquilos era gracias a él, que tenía amigos muy bien “colocados” y hacían la vista gorda sobre muchas cosas.
A medida que hablábamos Lola se volvió más comunicativa y nos contó que no fue feliz durante aquellos años de noviazgo con Julito, más bien le tenía miedo, pero cuando las cosas llegaron ya demasiado lejos, sacó fuerzas de donde no las tenía y cortó con él. Y no pacíficamente, porque ella, que nunca le había contradicho en nada, le dijo que si volvía a verlo por su casa lo mataría, eso juró por Dios, aunque mal está invocarlo para esto, nos dijo. Y es que después de no haber recibido mas que atenciones de parte de toda su familia, porque les daba lástima verlo solo, y de haberlo alimentado y hasta vestido como a un hijo, cuando ya empezaron a hablar de casarse les soltó un día a sus padres que, antes de hacerlo, quería que el tío Pedro le nombrara heredero de todo a él, porque, según decía, era lo más seguro que se podía hacer, ya que Pedro era un fugitivo sin derecho a nada, que mejor haría en no volver nunca por España si no quería poner en peligro su vida. 
Mucho nos aportó Lola con todo lo que nos contó y Joaquín y yo, al cabo de un buen rato de charla, salimos de su casa con la convicción clara y cristalina de que a Julio Sánchez se le vio demasiado el plumero en esta relación, primero culpando a Pedro Mur de las muertes de aquella pareja y, después, intentando quedarse como amo de todas sus propiedades. Y es que, según sus cálculos, no podía permitirse conformarse con la parte que le tocara a su futura mujer, necesitaba hacerse dueño de todo.
En fin, la historia que íbamos descubriendo cada vez iba cobrando más sentido, pero teníamos un gran problema: aunque la teoría la bordábamos, en la práctica no teníamos nada, estábamos en una nube, sin pruebas, sin testigos, solo manejábamos suposiciones. Teníamos que pasar al ataque.
Al día siguiente, con la autorización de Lola, nos fuimos los cuatro justicieros (nunca se cómo denominarnos) a visitar la cabaña famosa.
Era una construcción muy curiosa. Aprovechaba un desnivel del terreno para aparecer completamente camuflada, pues en su parte superior, digamos donde tendría que estar el tejado, había abundante vegetación de matas y matorrales. Vista de frente, en el lado derecho, tenía una puerta rectangular no muy grande, y en medio de la fachada había una abertura circular pequeña, que hacía de ventanuco. Toda la construcción estaba metida dentro del terraplén y por los lados de la citada fachada había una pared bien construida, de las que se hacen para separar las propiedades, pero con un sillarejo propio de obras más importantes. Su función primordial era de servir de contención. De todos modos, la pared no tendría más de cinco metros de largo.
Al entrar en aquel recinto, estábamos un poco sobrecogidos. La cabaña era de planta cuadrada, más o menos, y allí se distinguía un lugar donde hacían el fuego y una especie de banco ancho de piedra, que además de para sentarse debían servir de lecho. Después de examinarla minuciosamente con la mirada, y tocando con la mano alguna piedra que nos parecía que se iba a mover (para ver si estaba allí debajo el tesoro oculto), nos sentamos en aquellos pétreos asientos para reflexionar in situ, ¡no se nos podía escapar nada! Y la penumbra que reinaba en el lugar, solo rota por la luz del ventanuco y la de  la puerta, invitaba a la reflexión.
Al cabo de un rato de estar allí en silencio, Javier habló:
- Yo creo que tendríamos que intentar recrear la escena del crimen, ponernos en el lugar de aquellos jóvenes y del asesino que los trajo hasta aquí, quizás entre tanta fantasía surja la verdad.
- Buena idea, Javier -dije yo- y si queréis, empiezo ya con una hipótesis. Veamos, aquellos jóvenes vinieron hasta aquí con el que les traicionó, porque si no los traía él, no es un lugar fácil de encontrar, y menos si está obscuro. Entrarían aquí dentro, y se acomodarían en el banco para tumbarse y pasar la noche. Quizás aquí mismo donde estoy sentada, que parece más ancho… Se quedaron tranquilos, dentro de lo que cabe, dejaron sus bultos, quizás comieron algo… El asesino no se fue lejos, no iba a irse  y volver. Cuando lo estimó conveniente, entró y los mató, sin mediar palabra. Buscó entre sus cosas, en medio de la obscuridad, lo que él quería, dinero y joyas y, cuando tuvo lo que pretendía, sin entretenerse mucho porque era un cobarde, salió corriendo. No se tomó la molestia de esconder los cadáveres, porque aquellos días podía haberlos matado cualquiera ¡que importaba que los encontraran allí dentro o en otro lugar!
- Sí, eso parece razonable - continuó Javier- aunque, pasado un tiempo, el ladrón y asesino quizás se enterase que aquél botín que él había robado no era todo lo que los jóvenes llevaban, y volvió al lugar de los hechos a ver si los cuerpos todavía seguían allí, al fin y al cabo no había oído ningún comentario sobre ese asunto, parecía que nadie se había enterado. Pero, los cuerpos no estaban ¿quién los habría cogido?
- Los cogió y los escondió la misma persona que encontró el resto del botín - intervino Pedro -A esa persona sí que le interesaba deshacerse de los cadáveres, porque podían vincularlo con ellos, y como no quería tener nada que ver con ellos, se vio en la necesidad de hacerlos desaparecer de aquél escenario.. Pero ¿quién los encontró? ¿Quién….?
- Eso está claro, -interrumpió Javier- ¡Fue Pedro Mur! El vino aquí, por algún trabajo de la finca y se encontró el espectáculo. Miró los cuerpos para ver si los reconocía y, ¿qué ve? Una de las bolsas con joyas que el ladrón no encontró, presa de sus nervios y por la obscuridad que reinaba. Así es que él agarra el botín y se dispone a marchar, cuando se da cuenta que tiene que enterrar los cadáveres, para que no puedan relacionarlo con el crimen. A los pocos días, no aguanta la presión, le entra el pánico, y se escapa a Francia, con las joyas, claro.
- Hasta aquí, todo tiene sentido, parece razonable –musitó Joaquín a media voz- pero, antes de seguir adelante y, ya que estamos aquí, tendríamos que concentrarnos en descubrir dónde enterró a los jóvenes. Necesitamos pruebas.
- ¿Cómo vamos a saber dónde estaban si los han encontrado en el garaje de Teresa? - gritó un poco desesperado Javier.
- Un hueco habrán dejado. Vamos a inspeccionar. Pongamos 15 minutos de máxima atención, cada uno por separado. La cabaña no es muy grande.
- Y ¿por qué tenían que estar aquí dentro? –se me ocurrió preguntar- igual los dejó fuera.
- Buena idea –afirmó Joaquín - aunque nos complica bastante la búsqueda. De todos modos, ¡venga! ¡adelante! Empecemos por dentro y continuaremos fuera. Algo encontraremos.
- Yo no creo que haga falta mirar por toda la finca –me animé a decir - creo que Pedro Mur, en su testamento, delimitaba bien el área donde los dejó “entre las higueras y la cabana”.
Salimos los cuatro precipitadamente al exterior y nos lanzamos a buscar higueras, lo que fue tarea fácil y rápida, pues solo había dos: una a cada lado de la cabaña, como a tres o cuatro metros de distancia, pegadas las dos a la pared de piedras que separaba y contenía la finca vecina.
Después de haber mirado por dentro de la cabaña y tocoteado en el exterior toda la tierra que separaba las higueras de la construcción, se oyó un grito de Pedro:
- ¡Aquí! ¡Estaban aquí! Seguro que sí ¡estaban aquí!
Vimos estupefactos que una especie de plancha de piedra o yesca gigante, había sido quitada de la pared de piedras. Puesta en su lugar, verticalmente, daba la sensación de ser una piedra enorme y pesadísima, pero una vez que se retiraba de su lugar era solamente una gran lámina. El hueco que quedaba en la pared, desde luego, permitía introducir dos cuerpos. Al estar prácticamente entre la higuera y el muro, no llamaba la atención ni despertaba ninguna sospecha.
Pedro estaba eufórico y pasaba la mano repetidamente de un lado a otro por aquella oquedad buscando no se sabe qué, cuando de repente volvió a lanzar otro grito:
- ¡Tengo algo! ¡ tengo algo!
Nos lanzamos todos alrededor de su mano, a ver qué era lo que había descubierto, y nos emocionó constatar que era una medalla de la Virgen del Pilar, probablemente aquella que la madre de María Jesús les dio para que les protegiera y que  cosió en los dobladillos de la falda antes de que se marchara de casa.
Llegados a este punto, y como ya anochecía, decidimos irnos todos juntos un momento a mi casa. Teníamos que poner orden a los acontecimientos y trazar el plan de ataque final. Nada más aparcar el coche de Pedro, en el que viajábamos los cuatro, delante de casa, salió de la suya Marisa, la mujer de Pedro, con una señora que me parecía conocida. Venían hacia nosotros. Mientras repasaba mentalmente donde había visto yo aquella cara, oíamos decir a Javier:
- ¡Ostras! ¡Es la hija de Lola!
Efectivamente, era ella. Después de las frases convencionales en estos casos, pasamos al salón de casa y nos quedamos con el corazón encogido esperando lo que nos tenía que decir nuestra visitante.
- Deben estar extrañados de verme aquí ¿verdad? El caso es que cuando estuvieron ayer a ver a mi madre, después de que Vdes. se marcharan, me dijo que quizás les ayudaría en su investigación ver una cosa que le dio su madre antes de morir. A ella se la había dejado su hermano Pedro antes de irse a Francia. Le contó que era algo que había encontrado en la cabaña, junto con otras cosas que no podía decirle, y que guardara aquello muy escondido, para que nadie pudiera encontrarlo, porque era una prueba tan importante, de la que a lo mejor de  eso dependía un día su vida. - Entonces, la mujer empezó la maniobra de coger su bolso, abrirlo y buscar dentro, mientras todos estábamos con el alma en vilo.
- La verdad es que  - continuó en el mismo tono - mamá guardó bien el secreto, y la abuela Pilar también, porque a pesar de que pasaron temporadas un poco peleados con su hermano, nunca mencionaron nada de esto a nadie. Anoche lo busqué en la cuadra, donde ella me explicó que lo guardaba, y ¡aquí tienen lo que Pedro encontró en la cabaña! No he querido tocarlo, no fuera a “destruir alguna prueba” añadió casi en broma, vista la expectación que despertaban sus palabras.
Dentro de una bolsa de plástico, que ella había puesto, había unos pedazos de papel de periódico envolviendo una gran navaja manchada. El periódico era de junio del 38. Aquello era un sueño, bueno, más de lo que podíamos haber soñado. Nos pusimos de pie y casi todos llorábamos, hasta la hija de Lola se emocionó. Aquél cuchillo de cazador tenía toda la apariencia de ser el arma del crimen.
Sin importarnos que estuviera ella allí delante, lanzamos al aire nuevas hipótesis.
- Seguramente -dijo Joaquín - cuando el asesino se puso a buscar el botín sobre los cuerpos de sus víctimas y entre sus bultos, perdió el cuchillo, y en aquél momento no se dio cuenta. Más tarde, reflexionó sobre ello y comprendió la gravedad de la situación. Volvió varias veces al lugar del crimen, pero no supo encontrar ni los cadáveres ni el arma homicida, por eso necesitaba estar cerca del lugar de los hechos, para controlar todo lo que pasaba: nadie mas que  él debía hallarla, en eso le iba la vida. 

Capítulo 12


Capítulo 12

 Anita y su información determinante

A partir de este momento, los cuatros sabuesos nos lanzamos a la investigación como quien se lanza de un avión sin paracaídas, a cuerpo gentil, por no decir a tumba abierta… No esbozamos un programa de actuación, ni nos molestamos en establecer un orden de prioridades, nada de nada. Parecíamos unos posesos, con el único propósito de gritar al mundo ¡lo hemos descubierto! ¡lo sabemos todo! ¡eureka! Y no era verdad que ya lo supiéramos todo, lo único que (más que saber intuíamos), era que la verdad estaba ya muy cerca, a la vuelta de la esquina.
Algunos de los pasos que nos acercaron a ella, fueron los siguientes:
Supimos que los Palacio se marcharon de Huesca al poco tiempo de ocurrir la desgracia de su hija. Se fueron a Madrid, ciudad en la que todavía reside su hijo. Y aún mantienen en propiedad la casa en la que vivían en la capital oscense.
Mucha gente los recuerda todavía y cada uno tiene su versión de los hechos. No entraremos en detalles, solo nos interesa para nuestra historia decir que era una familia acomodada, y que él era un rico negociante, con intereses en varios sectores. Eso sí, todas las personas consultadas, nos aconsejaron que acudiéramos para tener información a Anita, una señora que había vivido con ellos prácticamente toda su vida, hasta que se casó. Ella mejor que nadie, sabía y podría decirnos lo que pasó en aquella familia.
Decidimos buscar los contactos necesarios para que Anita nos recibiera y, también analizamos con atención, quién de nosotros cuatro tenía más posibilidad de inspirarle confianza y lograr que hablara. Llegamos a la conclusión de que iríamos Joaquín y yo. El por su edad y su conocimiento de aquella sociedad en la que se desarrollaron los hechos, lo que podría ayudar a Anita a recordar situaciones y nombres. Yo, por ser la “víctima” que necesitaba la verdad para salvarse y podría inspirarle lástima.
Llegado el día de la esperada entrevista, me vino a buscar a casa Joaquín más pulido que de costumbre (¡que ya es!) y por un segundo tuve la sensación de que me invitaba a cenar a la luz de las velas o algo así, pero en un ejercicio de profesionalidad detectivesca, los dos nos pusimos a preparar el encuentro con Anita y estudiar las preguntas clave que debíamos hacerle a la entrevistada, etc. que, desde luego, no nos sirvieron para nada porque fueron otras.
Conversación. Joaquín Agrasot
Anita vivía en una casita de un pueblo pequeño en los alrededores de Huesca. Desde luego, aunque parecía que pasábamos desapercibidos entre los vecinos que nos encontramos en las inmediaciones de su casa, después supe que había bastante expectativa por el encuentro y que, por supuesto, todos sabían quiénes éramos y por qué estábamos allí.
Después de tocar el timbre, oímos que nos abrían la puerta desde dentro, y también un ¡adelante!, así es que atravesamos una coloreada persiana hecha de cuentas de madera y nos encontramos directamente en la cocina del domicilio de Anita. Allí estaba ella, menuda y bien arregladita, junto a un sacerdote alto y delgado y, desde luego, mayor que ella, que ya es decir.
Nos presentamos y le dimos las gracias por recibirnos. Ella, sonriente, dijo que estaría allí Don Francisco para ayudarla, porque ella a veces se armaba un poco de lío con las fechas y las cosas en general…
Empecé el desbloqueo yo. Les conté quién era, por qué estaba allí, qué me había pasado, cuánto necesitaba saber la verdad y, como habitualmente soy muy llorona, pues lloré. Creo que eso sirvió para ablandarlos y predisponerlos hacia nosotros, aunque Dios sabe que no lo hice a posta.
Anita nos contó que su madre ya había trabajado en casa de los señores Palacio toda la vida, y ella estuvo en aquella desde que nació, pues allí se la llevaba su madre mientras trabajaba, con mucho cuidado de que su niña no molestara a nadie y fuera una presencia discreta en aquella casa. Allí Anita comía lo que comían los hijos de la casa, Mª Jesús y Andresito; jugaba con ellos a lo que ellos jugaban:, conocían a las mismas personas y estaba enterada de las mismas noticias que el resto de  la familia. No sería de bien nacida, nos dijo Anita, decir una sola palabra en contra de aquellas personas que le dieron todo lo que necesitó, tanto en la infancia como en la juventud. Hasta la dote que llevó cuando se casó, se la dieron ellos, no hay más que decir.
Pero cuando uno se va haciendo mayor, continuó Anita, pasas de la diversión de los juegos a los problemas de la vida sin darte cuenta. Y en este momento, hizo una pausa para mirarme fijamente a los ojos, y supe que no se quedaban allí afuera, sino que se me metían por dentro y me miraban el alma, estuviera donde fuera que la tuviera. Y hasta allí llegó Anita preguntándose si podía abrirme su corazón y contar lo que nunca había contado a nadie, y parece ser que la respuesta fue que sí, porque entonces, miró a Don Francisco, puso sus manos encima de la mesa, cerró los ojos y empezó su historia.
“La señorita María Jesús, que así me hacía llamarla mamá cuando no estábamos solas, a medida que fue creciendo se convirtió en una chica muy guapa. Como íbamos juntas prácticamente a todas partes, menos las salidas que hacía con sus amigas, pues nadie mejor que yo sabe el interés que despertaba entre los jóvenes y menos jóvenes. A las mujeres también les caía muy bien, porque era amable y simpática y tenía una palabra para todo el mundo, no era nada tímida ni tampoco pretenciosa.
Comprábamos casi todos los comestibles para la casa en una tienda de ultramarinos que había en la misma calle, “Hnos. Nadal”, según rezaba el rótulo azul marino con letras amarillas que estaba encima de la puerta de entrada y del escaparate, y que ocupaba todo el espacio de la fachada. Como la tienda era pequeña, solo trabajaban allí los dos hermanos, pero nunca estaban ni sus mujeres ni sus hijos, aunque eventualmente, cuando traían género nuevo para la tienda, se veía a alguno de ellos por allí echándoles una mano para ordenar la mercancía. El mayor de aquellos chavales era Raúl, un chico alto y guapo, que a pesar de que era muy dicharachero, en cuanto veía acercarse por la tienda a María Jesús, se quedaba pasmado.
Bueno, no hace falta que les cuente cómo van estas cosas. El caso es que al final, Raúl y María Jesús se hablaron, se escribieron y se pusieron a pensar en compartir un futuro. La madre de ella algo se barruntaba y procuraba convencer por las buenas a su hija de que aquella relación no le convenía, pero iba aguantando la situación pensando que ya se les pasaría, sin embargo, cuando aquello llegó a oídos del padre, entonces sí que se armó la marimorena. Se puso como un energúmeno y lanzaba reproches para todos, para su mujer, por haberle ocultado todo, para mi madre y para mi, por lo mismo; para los Hermanos Nadal por existir y, desde luego, para “la tonta” de su hija y para Raúl, en el que concentró todo su odio. La verdad es que para aquél roto no se vislumbraba ningún arreglo, y nadie sabía cómo podían terminar las cosas. Y como las desgracias nunca vienen solas, en medio de este jaleo empezó la guerra del 36.
Cuando a veces pienso en todo aquello, no encuentro explicación a muchas de las cosas que pasaron. Y es que tal y como vivimos ahora, no hay respuestas a muchas preguntas, como “¿qué necesidad tenían de hacer lo que hicieron?”, “¿cómo se les ocurrió hacer eso?”. Pero es que no se pueden comparar las cosas, entonces todo era inseguridad y miedo, y se iba tomando decisiones que te cambiaban la vida según lo vivido el día anterior o las últimas noticias de la radio.
El caso es que los hermanos Nadal y su familia, de la noche a la mañana dejaron la tienda y regresaron al pueblo de donde eran originarios, en la misma provincia, que en aquellos momentos estaba bajo el mando republicano. Nadie consideró los rumores que apuntaban a que les habían cesado el alquiler de la tienda, que se encontraron con problemas para seguir teniendo el establecimiento abierto... Todo el mundo “bien” al que pertenecía María Jesús, tenía claro que lo de los Nadal fue una elección política porque, nada más hacer el cambio de residencia, todos los chicos de la familia, que hubieran tenido que defender la capital ante el asedio de las “hordas marxistas”, estaban luchando precisamente con ellas.
Para hacer la historia más corta, que me parece que ya me alargo mucho, les diré que María Jesús y Raúl pese a los kilómetros que pusieron por medio y la situación complicada que se vivía, tuvieron ocasión de verse alguna vez. Aquellos encuentros peligrosos y dramáticos fueron la causa de otro acontecimiento que cambiaría aún más sus vidas, pues ella quedó embarazada. Entonces, fue cuando pensaron que era el momento de tomar una decisión importante que llevaban meditando hacía unos meses: marcharse juntos a alguna parte. ¿Dónde? Igual daba, cualquier sitio podía ser mejor que en el que estaban, aunque cabía la posibilidad de que fuera peor, pero no había elección. Finalmente, optaron por Francia, donde Raúl tenía familia y confiaban en encontrar ayuda los primeros tiempos. Se pusieron manos a la obra para prepararlo todo, la salida de casa, a quién se lo dirían, cómo irían, qué llevarían.
María Jesús se confió a su madre, que con todo el dolor del mundo aceptó la decisión de su hija y prometió guardar silencio. Pero, como un secreto crece y crece dentro del pecho si no se comparte, y como si fuera una mala hierba absorbe el oxígeno de los pulmones hasta no dejar respirar, pudiendo provocar desfallecimientos y hasta la muerte, al final aquella mujer necesito trasplantarlo a otro lugar, que fue el corazón de mi madre. Además, la necesitaba,a porque no hacía nada sin ella.  Desde luego, yo ya lo sabía todo desde el primer momento.
Y aquellas pobres mujeres se pusieron a prepararlo todo. En un par de bolsas de tela, que debía de llevar camufladas bajo su falda repartieron las joyas de la madre de María Jesús, y también las de su abuela materna, y las que le dio la abuela paterna. Y cada una de aquellas piezas guardaba un recuerdo, una historia:
-“En este lacito de oro –le decía su madre- le cuelgas a tu hijo, al nietecito mío que no conoceré, la medalla de María Auxiliadora. Y esta medalla de la Virgen del Pilar, póntela tú, para que ella os proteja. Fue un regalo de mi hermano cuando tú naciste. Y esta sortija de la flor con diamantes, guárdala bien, que vale mucho y te puede sacar de apuros. Era de mi suegra, se la compró su marido cuando celebraron los diez años de matrimonio, poco antes de que el pobre hombre se muriera de repente…”.
Hasta llevaban objetos de valor camuflados entre la comida y la ropa, en los dobladillos de las faldas...
Llegó el día de marchar, que Mª Jesús  y Raul mantuvieron en secreto, para que la inquietud y la pena de los seres queridos no les traicionara. Más que día casi fue noche, porque después de cenar y retirarse en su habitación, María Jesús cogió lo que tenía preparado y salió de casa sin que nadie se enterara.  Bueno, yo sí que estuve con ella hasta el final –dijo Anita- aún no puedo pensar en el abrazo que nos dimos sin ponerme a llorar…”.
Y, efectivamente, Anita derramó abundantes lágrimas, que se secó con un pañuelito de tela bordado. Una vez recobrada la calma, continuó:
“Les he contado todo lo que yo sé. De lo que pasó después, no puedo decirles nada. Oficialmente nunca se supo nada… El padre de Raúl, consiguió un día acercarse a la señora y contarle lo que él sabía. Parece ser, le comentó, que alguien había traicionado a los pobres chicos, pues sabiendo que iban con cosas de valor les quiso robar, aunque para eso tuviera que matarlos. No había que calentarse la sangre pensando si era uno de los de este bando o del contrario, si era rojo o era azul, lo único cierto es que fue un mal nacido, que no merecía respirar sin sufrimiento mientras viviera”.
Joaquín y yo nos miramos. La declaración de Anita encajaba como anillo al dedo con nuestra historia, pero ¿cuál era el nexo?
- Anita –le pregunté cogiéndole las manos- ¿nunca se sospechó de nadie? ¿no se comentó en la familia quién pudo haberlo hecho?
- Pues sí, ¿para qué voy a seguir negándolo a estas alturas? – fue una sospecha que se les metió en la cabeza a la Sra. Palacio y a mi madre, que se compenetraban tanto que parecía que en vez de dos cerebros tenían solo uno. La verdad es que algo de razón no les faltaba.
Venía mucho por casa la viuda de un maestro, que se había quedado sola con su hijo en Huesca y no tenían allí ni familia ni a nadie. Era una mujer muy prudente y voluntariosa, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y se tenían mucho cariño con mi ama. Por un motivo o por otro también aparecía por allí a menudo Julito, su hijo. Era un chaval educado y parecía responsable, pero era muy reservado y uno no sabía muy bien de que pie cojeaba… Siempre miraba todo con atención, te escuchaba de una manera que parecía que pasabas un examen  y sonreía en raras ocasiones. Más que inspirar confianza, inquietaba.
Cuando estalló la guerra no se sabía muy bien si estaba con los unos o con los otros, y esta posibilidad de moverse entre dos aguas y la confianza que le daba a Mari Jesús el verlo por casa, hizo que se fiara de él cuando Raúl se marchó de Huesca. Les hacía de mensajero. Es por eso que estaba al corriente de todos los planes, él sabía cuándo se iban a escapar, dónde querían ir y con qué pensaban subsistir. Como conocía bien la zona que tenían que atravesar, hasta les sugirió el camino que debían tomar y dónde descansar. El resto vino solo, no se necesita ser muy listo para saber lo que pasó… Para semejante demonio no debió plantear ningún problema sorprenderlos cuando más indefensos estuvieran, acabar con ellos y hacerse con el botín.
La madre de María Jesús y la mía no estuvieron nunca de acuerdo en darle tanta confianza a Julito, bien lo sabe Dios, pero los jóvenes son más confiados y les cuesta entender todo el mal que puede llevar a hacer el dinero. El caso es que, cuando pasó lo que pasó, las dos mujeres no tuvieron ninguna duda de que aquella desgracia fue cosa suya. Ni tenían pruebas ni podían acusarle de nada, pero cuando lo oían nombrar se les revolvía la sangre. Verlo, prácticamente ya no le volvieron a ver el pelo por aquella casa, un resto de decencia le debía quedar y no volvió a aparecer por allí. La madre sí que iba a visitarlos, pero nunca le nombraba ¡quién sabe lo que tuvo que sufrir aquella buena mujer! De todos modos, ella también murió al poco tiempo y entonces fue cuando su hijo se puso de policía ¡así podría estar bien enterado de todo! Y se echó novia, una chica de un pueblo de por aquí cerca. Ella sí que debió verle el plumero, porque después de algunos años de relaciones lo dejó de la noche a la mañana”.
La entrevista con Anita duró bastante más que este relato. Tenía una memoria prodigiosa y parecía un testimonio veraz. Cuando le confesamos que también nosotros creíamos que el inspector Julio Sánchez tenía algo que ver con lo que había  pasado en mi caso, nos recomendó que nos moviéramos con cautela, porque era mal enemigo. También nos aconsejó que fuéramos a hablar con los hermanos de Raúl. No sabía si continuaban en el pueblo pero, aunque no quedara ninguno allí, alguien habría que nos podría contar la verdad, al menos, su versión de los hechos.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

otra conversación en el intermedio

Conversación nº 4


- ¿Qué tal yaya? solo faltan cinco días y cuatro noches para que vengas a vernos - me dice el matemático de mi nieto.
- Sí, cariño, cuatro noches, yo también cuento el tiempo que me queda para poder darte muchos besitos - le contesto-  Esta vez no podré llevarte regalos, con la pierna tontorrona no he podido salir de compras. Bueno, esta mañana he entrado en una tienda aquí al lado de casa  para preguntar si tenían algo de Harry Potter, y solo tenían una enciclopedia muy grande con todos los personajes, si te interesa, igual podrías pedirlo de regalo para Navidad.
- ¿Estaban los sortilegios? - me pregunta muy serio. 
- ¡Que tonta soy! pues no he pensado en mirar eso
- No te preocupes, puedes mirarlo otro día y me lo dices. Ahora tengo dos varitas mágicas pero no sé los sortilegios....
- ¿Sabes el juego de las maderitas que te regaló Nuri? - le digo cambiando de tercio-  debe estar de moda, porque lo he visto ya en dos películas en la tele. En una de ellas, que era de policías, el juego casi era el protagonista.
- No hagas caso, yaya, no está de moda, eso es un truco de publicidad, lo ponen en una película para que se vea y así venden más -me dice el listo de la casa.
- ¡Que espabilado eres! no lo había pensado.
- ¿Sabes? el día que tu llegas, el viernes, no tengo cole, así es que no tendré que hacer el gran dictado de los viernes. 
- ¿Qué es eso? ¿un juego o un concurso?- le pregunto
- No, es un ejercicio de clase, no me gusta mucho -confiesa.
- Pero eso es muy interesante, hay que aprender a escribir sin faltas de ortografía. Si quieres le podemos decir a tu mamá que nos dicte y tú y yo practicamos estos días ¿vale?
- Tengo una idea -me dice- ya te dictaré yo y así tú practicas (¡ya me la ha "colao" otra vez)
- De acuerdo, tú me dictas y me lo corrijes. Ahora te dejo, que tengo que ir a preparar la cena, buenas noches tesorito.
- Yaya, como no te gustan las serpientes he guardado a mi peluche Serpi en una caja, para que no tengas miedo, pero hay poco aire y casi no puede respirar... ¿puedo abrir la caja un poquito?
- Claro que sí, guapísimo, no la dejes sin aire, se puede poner malita, además, estoy segura que Serpi me va a gustar.
- ¡Gracias, yaya! Ya verás que es muy simpática. Buenas noches.
- Buenas noches, cariño mío.   

martes, 8 de noviembre de 2016

Capítulo 11

Capítulo 11

 Julio: mi cumple


Pasan los días y las cosas tan rápidamente, que no da tiempo ni de relatarlas. Por eso prefiero no entretenerme explicando minucias de mi vida cotidiana (aunque a veces me parecen interesantes…), plantarme ya en el día de la "primera reunión del grupo de trabajo" convocada para este primer sábado de julio.
Sin entrar en pormenores de lo que bebimos o comimos mientras charlábamos, y de otros comentarios más intrascendentes que intercambiamos, diré que cada uno de nosotros pasó a rendir cuenta de la tarea encomendada. ¡Me olvidaba! Hay algo que quiero señalar: antes de adentrarnos en nuestra historia, les comenté a Joaquín y a Javier que ya sabía que estaba en deuda con ellos y que teníamos que hablar claramente y sin pudor de la cantidad que les debía pagar por sus servicios. Los dos respondieron que para ellos aquello no era un trabajo, sino una distracción y que no solo querían ayudarme a mi, que también, sino que pensaban sinceramente que harían un buen servicio a la comunidad identificando a las personas sin escrúpulos que convivían con ellos. Javier también dijo que pensaba forrarse con los artículos que escribiría sobre el tema, y ya se veía en platós de televisión y estudios radiofónicos contando su versión de los hechos, porque sería el gran experto. Todos nos reímos y cuando le contesté que Joaquín también lo sería, éste dijo que el ya pasaba de todo eso, que dejaba el protagonismo a los jóvenes.
Bueno, dicho esto, pasaré a dar cuenta del trabajo que hemos hecho y de lo que se ha conseguido:
1.     Javier contactó con un maestro jubilado que había trabajado en la misma escuela que el padre del inspector Sánchez a finales de los 60. Cuando le dieron esa plaza hacía poco tiempo que había fallecido el padre de Julito, don Benigno, una persona respetada. El maestro recordaba a la viuda, muy discreta ella, que estaba siempre muy pendiente de su único hijo. La verdad es que nunca se supo de dónde venían exactamente, ellos decían que de Zaragoza, pero nadie se lo creía. Ella era muy bien recibida en algunas casas buenas de la capital, no solo para actos sociales, sino como persona de confianza. Gracias a eso, su hijo Julito se codeó con los jóvenes de la clase alta, aunque no puede decirse que formara parte de ese círculo. De todos modos, lo  que extrañó a todos es que se echara como novia a una chica de La Cardelina, prácticamente sin educación ninguna y de extracción social más bien baja. Como él estaba estudiando, parecía que podía aspirar a otra cosa, además siempre había sido un poco chuleta y no le pegaba nada aquella relación, esto sin desmerecer a la chica, que conste, pues parece ser que era muy apreciada. Algún informante le había comentado que eran familia lejana.
2.   Pedro, nuestro nuevo colaborador, se había hecho el encontradizo con algunos amigos de juventud con los que salía cuando iba a La Cardelina o cuando ellos se desplazaban a Huesca. Después de los saludos habituales, en cuanto podía soltaba lo de “oye, ¿tú sabes qué les pasó a Julito y Lola para que rompieran la relación después de tantos años de noviazgo? Las respuestas que recibió fueron, en el fondo, bastante parecidas:
 a) muchos aseguraban que aquella relación estaba amañada y al final no se entendieron en la cuestión económica; probablemente él iba muy equivocado, porque pensaba que Lola aportaría una buena dote, pero de eso nada, que todo el mundo sabía que la familia de ella no era de muchas posibilidades.
b)  no faltó quien resaltara que la chica valía más que él, aunque a él le parecía lo contrario, y ella no quiso cargar con un señorito de pacotilla ¡de buena se libró la pobre chica! ¡ya hizo bien en dejarlo! porque él ha sido un chulo toda la vida. 
Resumiendo, Julio siempre ha tenido fama de ser retorcido y pretencioso.
3.   Joaquín tuvo que navegar por los archivos sin saber muy bien lo que buscaba. No tenía datos suficientes como para establecer algún vínculo entre los numerosos expedientes de responsabilidad civil, denuncias a la policía, intervenciones de la Guardia Civil, etc que pasaron por sus manos con el caso que trataban. Sólo hubo uno que, no supo muy bien por qué, le llamó la atención, y a medida que pasaba el tiempo, iba cobrando  más fuerza en su cabeza. Se trataba de lo siguiente:
En el año 1938, a finales de marzo, con carácter de confidencialidad se daba cuenta de que el señor Palacio, concejal del Ayuntamiento y rico empresario, había denunciado la desaparición de su hija, de 20 años de edad, así como numerosas joyas que la familia tenía escondidas a buen recaudo, y de las que sólo tenían conocimiento los miembros de la casa, por lo que se presumía que fue obligada a cogerlas para entregarlas a los malhechores. La preocupación de la familia era muy grande y se rogaba a la policía que hiciera todas las averiguaciones posibles con suma discreción. 
Detalle de "El Rapto de las Sabinas". Nicolas Pussin
4. Yo también expliqué todo lo que había buscado y lo poco que había encontrado. Evidentemente, no importaba cual fuera la tragedia, si la familia era pudiente y con influencias podía silenciar perfectamente a la prensa, y aunque se hubieran acuchillado los unos a los otros en una casa, aquello no era noticia. Sin embargo, partiendo de esa evidencia, había que aprender a interpretar entre líneas, incluso entre palabras.
    Resulta que, también del 38, a finales de abril, había leído yo algo en “La Nueva España” que me llamó la atención y que podía ligarse a lo que nos acababa de contar Joaquín. Decía que reinaba una gran consternación en la ciudad porque, aprovechando los tiempos revueltos de la guerra, un desalmado, no contento con robar vidas y bienes de la Iglesia, había arrancado del seno de una familia ejemplar, aquello que era su tesoro más preciado, a su bellísima y discreta hija. ¡Otra vez se insinuaba un rapto!
Y a mitad de junio, un párrafo solamente, bajo el título de “Se pierden las esperanzas”, volvía a la carga e informaba que se rumoreaba insistentemente que la joven raptada de su hogar el mes anterior, habría sido asesinada, aunque seguía sin hallarse el cadáver. 
- Así las cosas -les dije a mis colegas - creo que tenemos algunos datos nuevos, pero no sé en qué medida pueden estar relacionados los unos con los otros ni con lo que buscamos. Sin embargo, con un poco de imaginación y nuestra intuición, podemos elaborar una hipótesis y ver dónde nos lleva. El recorrido que tenemos que hacer, está claro, tiene el punto de partida en los esqueletos del garaje, y el final es lo que debemos descubrir, o al revés, partiendo de unos hechos que no conocemos, tenemos que terminar en el garaje de casa. Todo es posible, pero hay que probarlo. Personalmente, eso de que raptaron a una chica me hace pensar mucho ¿y si fue así, que se llevaron a la chica a la fuerza? ¿y si había alguna razón sentimental detrás de todo esto? ¿o lo único importante fue el robo de las joyas? ¿de verdad tiene sentido que sacaran de su casa a la joven porque estaban interesados solo en las joyas?
- Para no lanzarnos a la especulación pura y dura -continué- creo que no nos costaría mucho conseguir más información sobre este asunto. Lo primero que tendríamos que hacer, es conocer a la familia Palacio, me refiero, saber quiénes eran, etc. Evaluar de qué cantidad de joyas estamos hablando. Saber si la chica pudo escaparse voluntariamente...  Para averiguar estas cosas, podemos buscar en hemerotecas y archivos y tratar de encontrar a alguna persona viva que haya tenido relación con ellos.
- ¡Me gusta la idea! - dijo Javier- lo más que podemos perder es una semana de nuestro tiempo, si para la próxima reunión no hemos encontrado nada sólido, cambiamos de tercio.
Quedemos así, con cita para el 16 de julio, la Virgen del Carmen. Por cierto, que el día 12 fue mi cumpleaños, 69 primaveras, y recibí muchas llamadas. ¡Qué bien hace el cariño de la gente! Esta fecha también me sirvió de excusa para hacer un poco de análisis de introspección, lo típico ¿quién soy yo? ¿qué he hecho con mi vida? ¿de verdad tengo esta edad? ¿he contado bien? Y es que yo me siento como una chavala de 25 años, eso sí, si me olvido del Parkinson, la hipertensión, unos cuantos kilos, la calva y otras cosas.