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viernes, 28 de octubre de 2016

Capítulo 12


CAPÍTULO 12

Anita y su información determinante

A partir de este momento, los cuatros sabuesos nos lanzamos a la investigación como quien se lanza de un avión sin paracaídas, a cuerpo gentil, por no decir a tumba abierta… No esbozamos un programa de actuación, ni nos molestamos en establecer un orden de prioridades, nada de nada. Parecíamos unos posesos, con el único propósito de gritar al mundo ¡lo hemos descubierto! ¡lo sabemos todo! ¡eureka! Y no era verdad que ya lo supiéramos todo, lo único que (más que saber intuíamos), era que la verdad estaba ya muy cerca, a la vuelta de la esquina.
Algunos de los pasos que nos acercaron a ella, fueron los siguientes:
Supimos que los Palacio se marcharon de Huesca al poco tiempo de ocurrir la desgracia de su hija. Se fueron a Madrid, ciudad en la que todavía reside su hijo. Y aún mantienen en propiedad la casa en la que vivían en la capital oscense.
Mucha gente los recuerda todavía y cada uno tiene su versión de los hechos. No entraremos en detalles, solo nos interesa para nuestra historia decir que era una familia acomodada, y que él era un rico negociante, con intereses en varios sectores. Eso sí, todas las personas consultadas, nos aconsejaron que acudiéramos para tener información a Anita, una señora que había vivido con ellos prácticamente toda su vida, hasta que se casó. Ella mejor que nadie, sabía y podría decirnos lo que pasó en aquella familia.
Decidimos buscar los contactos necesarios para que Anita nos recibiera y, también analizamos con atención, quién de nosotros cuatro tenía más posibilidad de inspirarle confianza y lograr que hablara. Llegamos a la conclusión de que iríamos Joaquín y yo. El por su edad y su conocimiento de aquella sociedad en la que se desarrollaron los hechos, lo que podría ayudar a Anita a recordar situaciones y nombres. Yo, por ser la “víctima” que necesitaba la verdad para salvarse y podría inspirarle lástima.
Llegado el día de la esperada entrevista, me vino a buscar a casa Joaquín más pulido que de costumbre (¡que ya es!) y por un segundo tuve la sensación de que me invitaba a cenar a la luz de las velas o algo así, pero en un ejercicio de profesionalidad detectivesca, los dos nos pusimos a preparar el encuentro con Anita y estudiar las preguntas clave que debíamos hacerle a la entrevistada, etc. que, desde luego, no nos sirvieron para nada porque fueron otras.
Conversación. Joaquín Agrasot
Anita vivía en una casita de un pueblo pequeño en los alrededores de Huesca. Desde luego, aunque parecía que pasábamos desapercibidos entre los vecinos que nos encontramos en las inmediaciones de su casa, después supe que había bastante expectativa por el encuentro y que, por supuesto, todos sabían quiénes éramos y por qué estábamos allí.
Después de tocar el timbre, oímos que nos abrían la puerta y un ¡adelante! atravesamos una coloreada persiana hecha de cuentas de madera y nos encontramos directamente en la cocina de Anita. Allí estaba ella, menuda y bien arregladita, junto a un sacerdote alto y delgado y, desde luego, mayor que ella, que ya es decir.
Nos presentamos y le dimos las gracias por recibirnos. Ella, sonriente, dijo que estaría allí Don Francisco para ayudarla, porque ella a veces se armaba un poco de lío con las fechas y las cosas en general…
Empecé el desbloqueo yo. Les conté quién era, por qué estaba allí, qué me había pasado, cuánto necesitaba saber la verdad y, como habitualmente soy muy llorona, pues lloré. Creo que eso sirvió para ablandarlos y predisponerlos hacia nosotros, aunque Dios sabe que no lo hice a posta.
Anita nos contó que su madre ya había trabajado en casa de los señores Palacio toda la vida, y ella estuvo en aquella desde que nació, pues allí se la llevaba su madre mientras trabajaba, con mucho cuidado de que su niña no molestara a nadie y fuera una presencia discreta en aquella casa. Allí Anita comía lo que comían los hijos de la casa, Mª Jesús y Andresito; jugaba con ellos a lo que ellos jugaban:, conocían a las mismas personas y estaba enterada de las mismas noticias que el resto de  la familia. No sería de bien nacida, nos dijo Anita, decir una sola palabra en contra de aquellas personas que le dieron todo lo que necesitó, tanto en la infancia como en la juventud. Hasta la dote que llevó cuando se casó, se la dieron ellos, no hay más que decir.
Pero cuando uno se va haciendo mayor, continuó Anita, pasas de la diversión de los juegos a los problemas de la vida sin darte cuenta. Y en este momento, hizo una pausa para mirarme fijamente a los ojos, y supe que no se quedaban allí afuera, sino que se me metían por dentro y me miraban el alma, estuviera donde fuera que la tuviera. Y hasta allí llegó Anita preguntándose si podía abrirme su corazón y contar lo que nunca había contado a nadie, y parece ser que la respuesta fue que sí, porque entonces, miró a Don Francisco, puso sus manos encima de la mesa, cerró los ojos y empezó su historia.
“La señorita María Jesús, que así me hacía llamarla mamá cuando no estábamos solas, a medida que fue creciendo se convirtió en una chica muy guapa. Como íbamos juntas prácticamente a todas partes, menos las salidas que hacía con sus amigas, pues nadie mejor que yo sabe el interés que despertaba entre los jóvenes y menos jóvenes. A las mujeres también les caía muy bien, porque era amable y simpática y tenía una palabra para todo el mundo, no era nada tímida ni tampoco pretenciosa.
Comprábamos casi todos los comestibles para la casa en una tienda de ultramarinos que había en la misma calle, “Hnos. Nadal”, según rezaba el rótulo azul marino con letras amarillas que estaba encima de la puerta de entrada y del escaparate, y que ocupaba todo el espacio de la fachada. Como la tienda era pequeña, solo trabajaban allí los dos hermanos, pero nunca estaban ni sus mujeres ni sus hijos, aunque eventualmente, cuando traían género nuevo para la tienda, se veía a alguno de ellos por allí echándoles una mano para ordenar la mercancía. El mayor de aquellos chavales era Raúl, un chico alto y guapo, que a pesar de que era muy dicharachero, en cuanto veía acercarse por la tienda a María Jesús, se quedaba pasmado.
Bueno, no hace falta que les cuente cómo van estas cosas. El caso es que al final, Raúl y María Jesús se hablaron, se escribieron y se pusieron a pensar en compartir un futuro. La madre de ella algo se barruntaba y procuraba convencer por las buenas a su hija de que aquella relación no le convenía, pero iba aguantando la situación pensando que ya se les pasaría, sin embargo, cuando aquello llegó a oídos del padre, entonces sí que se armó la marimorena. Se puso como un energúmeno y lanzaba reproches para todos, para su mujer, por haberle ocultado todo, para mi madre y para mi, por lo mismo; para los Hermanos Nadal por existir y, desde luego, para “la tonta” de su hija y para Raúl, en el que concentró todo su odio. La verdad es que para aquél roto no se vislumbraba ningún arreglo, y nadie sabía cómo podían terminar las cosas. Y como las desgracias nunca vienen solas, en medio de este jaleo empezó la guerra del 36.
Cuando a veces pienso en todo aquello, no encuentro explicación a muchas de las cosas que pasaron. Y es que tal y como vivimos ahora, no hay respuestas a muchas preguntas, como “¿qué necesidad tenían de hacer lo que hicieron?”, “¿cómo se les ocurrió hacer eso?”. Pero es que no se pueden comparar las cosas, entonces todo era inseguridad y miedo, y se iba tomando decisiones que te cambiaban la vida según lo vivido el día anterior o las últimas noticias de la radio.
El caso es que los hermanos Nadal y su familia, de la noche a la mañana dejaron la tienda y regresaron al pueblo de donde eran originarios, en la misma provincia, que en aquellos momentos estaba bajo el mando republicano. Nadie consideró los rumores que apuntaban a que les habían cesado el alquiler de la tienda, que se encontraron con problemas para seguir teniendo el establecimiento abierto... Todo el mundo “bien” al que pertenecía María Jesús, tenía claro que lo de los Nadal fue una elección política porque, nada más hacer el cambio de residencia, todos los chicos de la familia, que hubieran tenido que defender la capital ante el asedio de las “hordas marxistas”, estaban luchando precisamente con ellas.
Para hacer la historia más corta, que me parece que ya me alargo mucho, les diré que María Jesús y Raúl pese a los kilómetros que pusieron por medio y la situación complicada que se vivía, tuvieron ocasión de verse alguna vez. Aquellos encuentros peligrosos y dramáticos fueron la causa de otro acontecimiento que cambiaría aún más sus vidas, pues ella quedó embarazada. Entonces, fue cuando pensaron que era el momento de tomar una decisión importante que llevaban meditando hacía unos meses: marcharse juntos a alguna parte. ¿Dónde? Igual daba, cualquier sitio podía ser mejor que en el que estaban, aunque cabía la posibilidad de que fuera peor, pero no había elección. Finalmente, optaron por Francia, donde Raúl tenía familia y confiaban en encontrar ayuda los primeros tiempos. Se pusieron manos a la obra para prepararlo todo, la salida de casa, a quién se lo dirían, cómo irían, qué llevarían.
María Jesús se confió a su madre, que con todo el dolor del mundo aceptó la decisión de su hija y prometió guardar silencio. Pero, como un secreto crece y crece dentro del pecho si no se comparte, y como si fuera una mala hierba absorbe el oxígeno de los pulmones hasta no dejar respirar, pudiendo provocar desfallecimientos y hasta la muerte, al final aquella mujer necesito trasplantarlo a otro lugar, que fue el corazón de mi madre. Además, la necesitaba,a porque no hacía nada sin ella.  Desde luego, yo ya lo sabía todo desde el primer momento.
Y aquellas pobres mujeres se pusieron a prepararlo todo. En un par de bolsas de tela, que debía de llevar camufladas bajo su falda repartieron las joyas de la madre de María Jesús, y también las de su abuela materna, y las que le dio la abuela paterna. Y cada una de aquellas piezas guardaba un recuerdo, una historia:
-“En este lacito de oro –le decía su madre- le cuelgas a tu hijo, al nietecito mío que no conoceré, la medalla de María Auxiliadora. Y esta medalla de la Virgen del Pilar, póntela tú, para que ella os proteja. Fue un regalo de mi hermano cuando tú naciste. Y esta sortija de la flor con diamantes, guárdala bien, que vale mucho y te puede sacar de apuros. Era de mi suegra, se la compró su marido cuando celebraron los diez años de matrimonio, poco antes de que el pobre hombre se muriera de repente…”.
Hasta llevaban objetos de valor camuflados entre la comida y la ropa, en los dobladillos de las faldas...
Llegó el día de marchar, que Mª Jesús  y Raul mantuvieron en secreto, para que la inquietud y la pena de los seres queridos no les traicionara. Más que día casi fue noche, porque después de cenar y retirarse en su habitación, María Jesús cogió lo que tenía preparado y salió de casa sin que nadie se enterara.  Bueno, yo sí que estuve con ella hasta el final –dijo Anita- aún no puedo pensar en el abrazo que nos dimos sin ponerme a llorar…”.
Y, efectivamente, Anita derramó abundantes lágrimas, que se secó con un pañuelito de tela bordado. Una vez recobrada la calma, continuó:
“Les he contado todo lo que yo sé. De lo que pasó después, no puedo decirles nada. Oficialmente nunca se supo nada… El padre de Raúl, consiguió un día acercarse a la señora y contarle lo que él sabía. Parece ser, le comentó, que alguien había traicionado a los pobres chicos, pues sabiendo que iban con cosas de valor les quiso robar, aunque para eso tuviera que matarlos. No había que calentarse la sangre pensando si era uno de los de este bando o del contrario, si era rojo o era azul, lo único cierto es que fue un mal nacido, que no merecía respirar sin sufrimiento mientras viviera”.
Joaquín y yo nos miramos. La declaración de Anita encajaba como anillo al dedo con nuestra historia, pero ¿cuál era el nexo?
- Anita –le pregunté cogiéndole las manos- ¿nunca se sospechó de nadie? ¿no se comentó en la familia quién pudo haberlo hecho?
- Pues sí, ¿para qué voy a seguir negándolo a estas alturas? – fue una sospecha que se les metió en la cabeza a la Sra. Palacio y a mi madre, que se compenetraban tanto que parecía que en vez de dos cerebros tenían solo uno. La verdad es que algo de razón no les faltaba.
Venía mucho por casa la viuda de un maestro, que se había quedado sola con su hijo en Huesca y no tenían allí ni familia ni a nadie. Era una mujer muy prudente y voluntariosa, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y se tenían mucho cariño con mi ama. Por un motivo o por otro también aparecía por allí a menudo Julito, su hijo. Era un chaval educado y parecía responsable, pero era muy reservado y uno no sabía muy bien de que pie cojeaba… Siempre miraba todo con atención, te escuchaba de una manera que parecía que pasabas un examen  y sonreía en raras ocasiones. Más que inspirar confianza, inquietaba.
Cuando estalló la guerra no se sabía muy bien si estaba con los unos o con los otros, y esta posibilidad de moverse entre dos aguas y la confianza que le daba a Mari Jesús el verlo por casa, hizo que se fiara de él cuando Raúl se marchó de Huesca. Les hacía de mensajero. Es por eso que estaba al corriente de todos los planes, él sabía cuándo se iban a escapar, dónde querían ir y con qué pensaban subsistir. Como conocía bien la zona que tenían que atravesar, hasta les sugirió el camino que debían tomar y dónde descansar. El resto vino solo, no se necesita ser muy listo para saber lo que pasó… Para semejante demonio no debió plantear ningún problema sorprenderlos cuando más indefensos estuvieran, acabar con ellos y hacerse con el botín.
La madre de María Jesús y la mía no estuvieron nunca de acuerdo en darle tanta confianza a Julito, bien lo sabe Dios, pero los jóvenes son más confiados y les cuesta entender todo el mal que puede llevar a hacer el dinero. El caso es que, cuando pasó lo que pasó, las dos mujeres no tuvieron ninguna duda de que aquella desgracia fue cosa suya. Ni tenían pruebas ni podían acusarle de nada, pero cuando lo oían nombrar se les revolvía la sangre. Verlo, prácticamente ya no le volvieron a ver el pelo por aquella casa, un resto de decencia le debía quedar y no volvió a aparecer por allí. La madre sí que iba a visitarlos, pero nunca le nombraba ¡quién sabe lo que tuvo que sufrir aquella buena mujer! De todos modos, ella también murió al poco tiempo y entonces fue cuando su hijo se puso de policía ¡así podría estar bien enterado de todo! Y se echó novia, una chica de un pueblo de por aquí cerca. Ella sí que debió verle el plumero, porque después de algunos años de relaciones lo dejó de la noche a la mañana”.
La entrevista con Anita duró bastante más que este relato. Tenía una memoria prodigiosa y parecía un testimonio veraz. Cuando le confesamos que también nosotros creíamos que el inspector Julio Sánchez tenía algo que ver con lo que había  pasado en mi caso, nos recomendó que nos moviéramos con cautela, porque era mal enemigo. También nos aconsejó que fuéramos a hablar con los hermanos de Raúl. No sabía si continuaban en el pueblo pero, aunque no quedara ninguno allí, alguien habría que nos podría contar la verdad, al menos, su versión de los hechos.


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