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miércoles, 26 de octubre de 2016

Capítulo 7


Capítulo 7º

Un nuevo colaborador en la investigación


Joaquín, el “detective” recomendado por Javier, me llamó por teléfono aquella tarde. Se notaba que era la voz de un señor mayor (igual era más joven que yo) no muy largo de conversación. Probablemente se le daba mejor escuchar que hablar. Me preguntó qué es lo que me interesaba exactamente, y le dije que me gustaría saber en qué hotel se habían alojado el chico francés y su novia cuando estuvieron en Huesca. Se trataba de averiguar cuánto tiempo permanecieron en la ciudad, si pidieron alguna información especial, si se les vio relacionarse con alguien, en fin,  que teníamos que procurar conseguir la mayor información posible sobre ese viaje. Hablamos con Joaquín de la conveniencia de que, una vez hechas estas pesquisas, pasara él por mi casa para darme cuenta de las novedades y fijar la siguiente estrategia. Como parecía que estábamos los dos un poco ansiosos por empezar el trabajo, decidimos fijar la entrevista para el día siguiente por la tarde.
Después de la charla telefónica con Joaquín, me sentía bastante contenta, pensando que iba por buen camino y que algo se estaba avanzando en la resolución de aquél lío. De todos modos, como en aquél momento no me apetecía hacer nada y ya me estaba entrando sueño, alrededor de las 7 llamé por teléfono a Pedro y Marisa para decirles que me iba a acostar ya. Cogió el auricular ella y se lamentó de que todavía no me había visto desde que yo había regresado de Barcelona y que tenían pensado venir a hacerme un poco de compañía esa noche, pero les expliqué que estaba muy cansada y que ya nos veríamos al día siguiente. Pedro quiso ponerse al teléfono y me preguntó qué me había parecido Javier. Le dije que me había dado muy buena impresión y que parecía que quería ayudarme. Me recomendó que no me fiara demasiado y que no dudara en consultarle a él cualquier duda que tuviera sobre lo que se debía hacer, con quién hablar, etc. Se lo agradecí (de palabra) y les di las buenas noches.
Aquella noche, alguien tiró unas piedras a una de las ventanas del salón, y consiguieron romper un gran cristal. Al oír el ruido del impacto me desperté sobresaltada y tuve miedo,, pero cerré mi habitación con llave, pensé “que sea lo que Dios quiera” y me volví a dormir enseguida. Cuando me desperté ya no me acordaba de nada y me extrañó ver la puerta de mi habitación cerrada. Al bajar al salón pude ver el destrozo. Pensé que debía informar a Sánchez, aunque, semejante personaje, era capaz de pensar que me había entretenido en romper el cristal yo misma. Llamé:
- Sr. Sánchez, buenos días. Le llamo para comunicarle que, esta noche me han roto los cristales de una ventana del salón.
- ¡Vaya! Había que esperarse algo así, porque la gente está nerviosa ¿A qué hora ha sido eso?
- Pues no podría asegurarlo, pero creo que era alrededor de las 3 –le dije.
- Bueno, no puede decirse que sea Usted muy diligente a la hora de llamar a la policía, porque en mi reloj son ahora las 12 del mediodía –recalcó con su insufrible voz – ya han pasado algunas horas...
- Sí, se me ha hecho un poco tarde, es que me he despertado hace poco rato –me justifiqué.
- Puede decirse que es una persona afortunada, tiene Vd. un sueño profundo… -comentó con sorna.
- Sí, gracias a Dios no me puedo quejar. Oiga, Sr. Sánchez, quería saber si tengo que pasar por la comisaría para denunciar la rotura del cristal o puede pasar otra persona en mi nombre, con una autorización mía. Es que no me gusta mucho salir de casa estos días –le expliqué.
-Ya comprendo, no me extraña que tema algún incidente, porque, como es lógico, la opinión pública, como le he dicho, está muy exaltada. Nadie comprende como a estas alturas, pasados ya dos meses de los hechos, todavía no hay nadie en la cárcel –y esta frase sonaba a amenaza.
-¡Pero eso no será culpa mía! - le dije- que yo sepa no es responsabilidad mía encontrar al asesino o asesinos.
Sánchez dudó un segundo, se ve que no sabía por dónde llevar la conversación para meterme un poco de miedo:
- Si se siente acosada llámeme, hay personas que quieren tomarse la justicia por su mano y…
Le interrumpí:
- mire, Sr. Sánchez, que si se supiera claramente dónde está la Justicia, no importaría que la gente se pusiera a tomarla por la mano, pero eso es muy difícil de saber, y muchas veces las personas llegan a conclusiones equivocadas, porque son manipuladas
Sánchez no entró al trapo, me cortó por lo sano y dio por terminada la conversación, no sin soltar la puntilla final:
- Bueno, pues para la denuncia no hay problema, pasará ahora un agente por su casa. Y, felicidades, porque parece ser que ha encontrado un digno defensor de su causa.
- ¿Defensor de mi causa? No creo que tenga ni defensor ni causa -le contesté.
- Ya sabe, me refiero a su amigo Javier Lozano, que ha tomado posición por Vd. en su artículo de esta mañana.
- Perdone ¿en qué periódico se ha publicado ese artículo? –dije haciéndome la sueca.
- En el E.D.A
- Muchísimas gracias - le dije mientras colgaba el auricular con fuerza, antes de que (me imagino) hiciera lo mismo él con el suyo, como solía hacer habitualmente. Ya estaba harta de oír su voz disparando dardos.
Necesitaba el periódico urgentemente, para ver por dónde iban las cosas, así es que llamé a Marisa y Pedro que, quizás estaban un poco molestos conmigo por no haber querido verlos el día anterior.
Cogió el teléfono Marisa y estuvimos comentando lo del cristal del salón: quién habría sido, quién me lo podría reparar, etc. Después le pregunté si tenía el periódico y me dijo que sí, que me lo alcanzaba enseguida. Salimos a la calle, charlamos un rato más y me metí en casa con el periódico. Fui corriendo a buscar el artículo de Javier y ya, sólo el título, me pareció muy adecuado. Lo titulaba “Verdades a medias” y ponía las dos fotos, una con Claudine, Tony y yo, los tres juntos, y la otra, con la foto cortada por la mitad, solo con las imágenes del joven y la mía, tal y como se publicó.
Javier se interrogaba en su escrito por qué se había hecho ese recorte en la foto, quién estaba interesado en manipular la verdad. También se planteaba dónde estaba la presunción de inocencia; por qué era más fácil creer en la culpabilidad que en la inocencia de una víctima, etc. Me gustó mucho. Con la argumentación que ofrecía el escrito, se invitaba al lector a reflexionar por sí mismo y a no dejarse llevar por declaraciones de nadie ni titulares de prensa sensacionalistas.
Después de comer pasó el policía para ver los desperfectos sufridos en el salón y me dijo que ya podía hacerlo reparar. Pedro me envió a un carpintero conocido suyo que trabajó duro para que aquella misma noche tuviera otro cristal en la ventana. Y Joaquín, mi detective particular, me anunció visita alrededor de las 7. Un día a tope.
Llegada esa hora, apareció Joaquín por casa. Debía tener unos 60 años, así es que era más joven que yo, pero muy apocado. De vitalidad y ánimo parecía que tenía por lo menos 75. Se le veía afable, discreto, educado. Era bajito y llevaba gafas.
- Hola, Joaquín -le dije- me alegro de conocerle. Me han hablado muy bien de Vd. y yo confío que su ayuda me permitirá resolver el caso. Dígame,  ¿cómo le ha ido el primer día? ¿Ha empezado con buen pie la investigación?
- Pues, creo que sí. Ahora le cuento.
Y nos sentamos en el saloncito. Antes de hacerlo, le pregunté si quería un café, una cerveza o cualquier otra cosa y me dijo muy despacito:
- ¿No tendrá Vd. algún moscatel u otro vinito dulce?
Y así fue cómo, alrededor de un vasito de vino y sin prisas por llegar a ninguna parte, me puso al día de lo que había descubierto.
Me contó que Tony y Fátima se habían alojado en el Hotel El Sol. Llegaron un viernes por la tarde un fin de semana muy tranquilo, así es que el personal del hotel estuvo muy atento a ellos. Eran una pareja discreta, hablaban en voz bajita, no se hacían demasiadas carantoñas, parecían casados. Ella era una chica guapita, que vestía normal y él iba con bermudas todo el tiempo. Como ahora la gente no usa el teléfono de la habitación, no se registró ninguna llamada, ni tampoco pidieron información sobre ninguna dirección. La gente joven, con sus teléfonos lo saben todo, lo controlan todo. Lo único destacable es que tenían que estar hasta el lunes, pero pidieron  la cuenta y se marcharon el domingo.
- Ha sido una suerte que haya localizado el hotel donde se alojaron, Joaquín, porque si llegamos a esperar a localizar un equipaje abandonado, nunca lo hubiéramos descubierto.
- Hay otra cosa importante que he podido averiguar -añadió- La mañana del domingo dejaron el coche en el que viajaban, un Renault de color rojo, en la ermita de San Roque y allí estuvo hasta que lo encontró la policía cuando ya era casi de noche. ¿Qué harían por aquellos parajes tantas horas?
- Ahí puede estar la clave, Joaquín, eso es lo que tenemos que averiguar, si lo descubrimos sabremos quién era su contacto, la persona con la que se vieron –le dije entusiasmada.
- No será fácil que alguien los haya visto, porque aquella zona está muy desierta y nunca se ve a nadie por allí, pero lo podemos intentar –asintió mi interlocutor.
- ¿Sabe que nos iría muy bien? - le dije, me imagino que con expresión de loca, porque estaba exaltada- tendríamos que pedirle a Javier que publicara en el periódico un aviso de búsqueda, pidiendo que si alguien vio bajar o subir a alguien de ese coche, un Renault rojo tal y tal, pues que nos lo diga lo más pronto posible.
- No sé cómo lo verá él- dijo mientras se le veía reflexionando- quizás para el periódico sea involucrarse mucho en el caso. Probablemente a la policía no le gustará que se tomen esas iniciativas.
- Es Vd. más juicioso que yo, Joaquín-  le confesé- Si le parece bien, consultaremos esta noche con la almohada y, según lo que la prudente consejera nos haga saber, pues hablaremos con Javier y le pediremos lo del anuncio o no haremos nada. ¿De acuerdo?
Así quedamos, y mi detective especial se despidió hasta el día siguiente.


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