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viernes, 14 de octubre de 2016

Estrenando blog y Capítulos 1 y 2


Me hace mucha ilusión empezar un blog sin ningún objetivo concreto, sin ninguna obligación manifiesta. Es como sentarse delante de una hoja de papel en blanco y escribir o dibujar en ella lo que nos vaya apeteciendo, aunque sean cosas sin sentido, temas dispares. Es, como bien se dice, dejar volar la imaginación, sin más.
Y para empezar, y asegurar un poco de alimento a este "bloguito" recién nacido, os daré a conocer, sin prisas, una novela corta que se me presentó el otro día en sueños. Entre tanto absurdo, como pasa en estos casos, aparecen cosas muy reales. Si os interesa un poco, no dudéis en decírmelo. Si es que no, tranquilos, sobre todo, no os molestéis en decir nada.

   
SIN TÍTULO
 (para no dar pistas)


Capítulo 1
Un hallazgo inesperado 

Mayo 2016
En mi casa, una de las más pequeñas de la urbanización “La Sierra”, muy cerca de Huesca, ocurrieron unos hechos siniestros precisamente mientras yo no estaba. Quiero contaros cómo descubrí lo que había pasado en mi ausencia y cómo me involucré y me involucraron en esta historia. Narraré cómo se sucedieron los acontecimientos desde el primer momento, porque todavía tengo el recuerdo vivo. Probablemente no seré objetiva, ni lo pretendo, ya que lo único que quiero es dar mi versión de los hechos, tal como yo los viví. Y, para mi, la historia comienza en este momento:
Un policía llamó a la puerta de casa. Cuando abrí me preguntó escuetamente:
- ¿Es Vd. la señora Teresa Fuster Lamora?
- Sí, la misma.
- Vd. es la que nos ha llamado por teléfono… (dijo con aire distraído, mirando a todas partes).
- Sí, he sido yo -asentí.
- ¿Dice que ha encontrado cuatro muertos en su casa? -preguntó incrédulo
- Sí señor -respondí.
- ¿Cuándo?
- Pues dos anoche, y dos hace poco rato -le dije.
- Cuénteme cómo ha sido –dijo sacando una libreta en la que no escribió ni una palabra.
- Pues anoche llegué de un viaje, y estaba cansadísima. Metí el coche en el garaje y justo al bajar y al recoger mis bultos, vi en una esquina dos esqueletos. Me di tal susto que salí corriendo de allí pegando un portazo, eso sí, volví para cerrar con cerrojo la puerta del garaje.
-. ¿No se le ocurrió llamar a la policía para advertir de lo que había encontrado o ver si se podía socorrer a esas personas?- me preguntó.
- ¿Socorrer? Pues si ya le he dicho que eran esqueletos. Por eso pensé que no era tan urgente avisar a nadie, además yo estaba muy cansada y necesitaba dormir.
- ¿Había bebido Vd. mucho o había tomado alguna sustancia especial? - volvió a preguntarme sin demasiado interés-
- No señor, no suelo beber y no he probado en mi vida ninguna “sustancia especial”-le contesté.
El policía, finalmente, me miraba fijamente. Mil hipótesis debía formular su cabeza, basadas en casos vividos, conocidos, estudiados, pero aún no se daba cuenta de que se encontraba ante un asunto distinto. No lo digo como un mérito personal, que conste, pero es que yo misma me daba cuenta de que estábamos ante una situación muy rara.
- Veamos. A ver si he entendido bien -dijo con parsimonia - Vd. llegó de su viaje, vio los esqueletos, cerró la puerta del garaje y se fue a dormir.
- Sí, señor, porque con todo aquél jaleo no me apeteció cenar nada.
- Ya. Y ¿hasta cuándo ha dormido? - preguntó el poli.
- Pues justamente hasta hace una hora, bueno, aproximadamente. Eran las 8 y algo y me he despertado. Como tenía mucho trabajo por hacer, he recogido mi ropa y he ido al cuarto de la plancha, donde tengo la lavadora, para hacer un lavado. Bueno, pues no he podido ni entrar, porque lo primero que he visto ha sido a otros dos muertos. Estos estaban más frescos, más enteros, pero se veían muertos. Entonces les he llamado a Vdes.
- Sí, para decir que tenía cuatro muertos en casa.
- Sí, señor, exacto.
- ¿Cuánto tiempo ha estado de viaje?
- Cuatro días. La verdad es que pensaba estar más, pero tenía ganas de volver a casa -le expliqué. He ido a Barcelona al bautizo de un sobrino, bueno, del hijo de un sobrino. No sé si se dice tía abuela…
- No tiene importancia. ¿Alguien más tiene la llave de su casa? - preguntó el policía, que se iba poniendo nervioso sin que yo supiera por qué.
- Sí. Un sobrino, por si las pierdo. El encargado de la urbanización, por si tiene que entrar para algo cuando no estoy… La chica de la limpieza, porque ahora viene a las 8 de la mañana y hay días que no me apetece levantarme tan pronto para abrirle la puerta y…
- Déjelo, déjelo - me interrumpió el poli - vamos, que Vd. ha repartido las llaves a varias personas.
- Tampoco es eso… - rebatí yo- Repartir no es la palabra.
- Bien, tendrá que acompañarme a la comisaria - ordenó el agente.
- ¿Puedo desayunar un momento? Como anoche no cené…
- No señora, no tenemos tiempo para esperar que Vd. desayune, puede coger algo para comer en el trayecto -contestó muy poco amable.
- ¿Y a Vd. no le apetecería un café ahora?
- Vamos, señora, vamos, que no hay tiempo.


Capítulo 2
Malas vibraciones

Una vez en comisaría:
- Así pues- dice con voz parsimoniosa el comisario jefe- dice Vd. que se ha encontrado cuatro muertos en casa.
- Sí, señor. Dos y dos. Por cierto, no he preguntado si los esqueletos del garaje eran también chico y chica o del mismo sexo –le dije.
- Pensábamos que este detalle nos lo podría decir Vd. (dijo con cierto retintín)
- Es que, la verdad, no me los miré mucho. Me hace mucha impresión todo eso de la sangre, las heridas, los huesos... Cuando me pinchan  la vena para hacerme análisis, cierro los ojos.
- Pues, para refrescarle la memoria, puedo decirle que los del cuarto de la plancha eran chico y chica.
- Eso me pareció... Jóvenes ¿verdad? -le pregunté
- Aparentemente sí… eso ¿le inspira algo?
- Bueno, que es más normal que sean jóvenes que viejos, porque cuando uno ya es mayor no se mete en según qué aventuras, pues entre los achaques, los hijos que lo controlan todo… ¡Uy, Dios mío! ¡Si no he llamado a mis hijos para decirles que he llegado bien del viaje!
- A lo mejor tendría que decirles también que está en comisaría… -añadió el comisario jefe con cierta sorna.
- No, eso no porque se preocuparían -le atajé.
- Es que yo creo, señora -me dijo aquél tipo mirándome a los ojos - que su caso es preocupante: hemos encontrado cuatro muertos en su casa.
- No, perdone, los muertos los he encontrado yo… -precisé.
- Razón de más. Pero, volvamos al principio, y para eso empezaremos con los jóvenes del cuarto de la plancha. Según se ha podido determinar con un primer reconocimiento, murieron anoche entre las 6 y las 9 de la noche.
- ¡Vaya! más o menos cuando yo llegué a casa, que debía ser alrededor de las 8 y media.
- Bien, bien –añadió el comisario, como si hubiera descubierto ya al asesino de su complicado caso. Así que Vd. estaba ya en casa cuando murieron. ¿No oyó ningún ruido sospechoso?
- No, nada, es una urbanización muy tranquila –le dije
- No anoche… -recalcó el comisario. Y mirándome a los ojos de forma penetrante me soltó - No la entiendo ¿es que pretende representar conmigo el papel de la ancianita despistada?
- Perdone, pero ancianita ancianita todavía no soy. Lo de despistada sí, lo he sido siempre, pero ya procuraré concentrarme en este asunto... Diga, diga.
- Lo que yo puedo decirle - continuó él- solo es lo que sé y lo que me imagino. Y lo que sé es que, por causas desconocidas, Vd. tenía dos esqueletos en el garaje, y anoche al llegar a su casa, encontró a unos intrusos delante de su lavadora. Y, lo que me imagino, bueno, ni siquiera puedo imaginármelo, es que Vd. los abatió. Esto es lo que hay.
- ¡Dios mío! ¡ qué cosas dice! Por un lado me llama ancianita y por otro creo que tengo fuerza para ir abatiendo gente - le dije-.  Aunque, bien pensado, no está mal el razonamiento. A lo mejor tenía miedo de que aquellos dos jóvenes hubieran visto los esqueletos del garaje y pensaba que había que eliminarlos
- Eso, eso. ¿Reconoce los hechos?
- Perdón ¿qué hechos?
- Pues que se asustó y se cargó a una pareja que encontró delante de la lavadora.
- No me cargué a nadie, porque cuando los vi ya estaban muertos -le dije con rotundidad.
- Pero, en el caso de que hubiera estado vivos - añadió el comisario sonriendo sibilinamente- le hubiera parecido razonable eliminar a los intrusos.
- No sé, depende de lo que hicieran los intrusos… - la cabeza se me iba cargando con tanta tonelada de estupidez, así es que me lancé y dije-  Oiga, comisario, esto es demasiado bla, bla, bla para mí, estoy muy cansada.
- Lo siento, señora, a ver cómo se lo digo con claridad: si quiere que la dejemos tranquila, procure darnos alguna información útil que nos permita investigar en la dirección adecuada, porque de momento, solo disponemos de dos datos: uno, son los cuatro cadáveres y el otro es Vd. y eso no le conviene nada.
- ¡Suena mi teléfono! -le interrumpí.  ¡TENGO ocho llamadas de mi hija! ¡LA BRONCA que me va a pasar! - y me puse a hablar, levantándole la mano derecha al comisario, más imperativa que una señal de stop -  “Sí, hola, hola…”
- Mamá ¿eres tú? ¿ estás bien?
- Sí, hija mía, tranquila, perdona si no te pude llamar anoche, pero todo va bien.
- ¿Se puede saber qué te pasa? Daniel y yo estábamos muy preocupados, en el teléfono de casa no contesta nadie y el móvil no lo coges.
- Tranquila, tranquila, estoy en la comisaría y todo va bien.
- ¿En la COMISARIA? ¿ qué te ha pasado? ¿ te han hecho daño o te han robado?
- No, ¡por Dios!, sólo es que han encontrado cuatro muertos en casa, pero tú no te preocupes de nada
- ¡Mamá! ¿ estás bien? ¿ con quién estás? ¿ hay cerca de ti un policía o alguien con quien pueda hablar?
- Sí, aquí hay varios policías, espera un momento. Señor comisario ¿puede hablar con mi hija, por favor? Ya te paso al comisario, y no te preocupes de nada, que todo va muy bien.
El aludido puso una cara de sorpresa bastante chunga al oír mi afirmación de que todo iba bien, y casi me arranca el auricular de las manos. No obstante, aunque empezó la conversación con mi hija en plan altanero, pronto fue bajando la voz y la escuchaba con atención. Hablar, desde luego, él casi no hablaba, solo iba diciendo, sí sí, no no, y, como si se justificara de algo, repitió veinte veces eso de “pero oiga, que hemos encontrado cuatro muertos en su casa”, cuando ya sabemos que eso no era cierto, que los muertos los encontré yo y si no les aviso, ni se enteran de nada. Bueno,  Olga quiso hablar otra vez conmigo, según me dijo el comisario mientras me pasaba el auricular.
- Dime, chata ¿qué quieres?
- Que estés tranquila, que hoy mismo me voy contigo. Si  no encuentro vuelo para esta tarde, mañana por la mañana llego.
- Pero no hace falta, tranquila, no tienes que venir para nada, que yo estoy bien y no me importa estar sola.
- No digas tonterías, menudo jaleo has armado. Hasta  mañana.
- ¿Yooooooo? ¿Yo he organizado jaleo…? - Pregunté al universo, porque al otro lado de la línea ya no había nadie ¿por qué tengo yo la culpa de todo lo que pasa?
- Bueno, señora –dije el comisario mirándome con cara de asco de arriba abajo –puede marcharse a su casa, pero no puede salir de la ciudad. Si decide marcharse a casa de algún familiar o a un hotel, debe comunicárnoslo, porque tiene que estar continuamente localizable ¿de acuerdo? Cuando identifiquemos a los muertos, se lo haremos saber, para que nos diga si los conoce. Mientras tanto, trate de recordar, cualquier detalle puede ser importante para la investigación ¿de acuerdo?
- Muy bien, gracias. Si descubro algo ¿le llamo a Vd. directamente? ¿ me puede dar su nº de teléfono? ¡Me olvidaba! ¿ cómo se llama Vd.?
- Mi apellido es Sánchez. Agente Lucas, acompañe a esta señora a su casa.
No soy tan tonta de que no me diera cuenta que evitaba darme su número de teléfono, ni tan sorda que no oyera como les decía a sus subordinados: “Alvarez y Carreras, quiero tener a esa mujer marcada continuamente: dónde va, qué hace, con quién habla, lo que dicen de ella, quiero saber con quién estamos tratando. No sé por qué me da, que si fuera tan inocente no volvería tan tranquila a casa, después de haber encontrado cuatro muertos allí”.



 

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