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lunes, 28 de noviembre de 2016

Capítulo 14. Epílogo



                        Capítulo 14


DIsolución, REsolución: CONCLUSIÓN

Llegados a este punto, justo era reconocer que habíamos descubierto muchas cosas, algunas muy importantes, pero seguíamos sin tener los elementos suficientes que nos permitieran hilvanar el caso en su totalidad de un modo coherente y encontrar las explicaciones necesarias para tantas dudas como aún teníamos.
Para la historia de los dos esqueletos, bueno, lo que quedaba de ellos, podíamos demostrar ya que Pedro Mur encontró los cadáveres en la cabaña; que les dio sepultura, o casi habría que decir que los empaló, pues los puso entre las piedras de un muro; que pilló una bolsa con joyas que llevaban y que encontró el arma con el que fueron asesinados. También se podría demostrar que el arma encontrada la utilizó Julio Sánchez para darles muerte (había restos de sangre que permitirían la identificación gracias al ADN)  y  no faltarían testimonios que hablaran de la conducta sospechosa de este sujeto, vinculándolo con el caso, pero  ¿y la continuación de esta historia? ¿Qué es lo que unía esa parte del crimen de la pareja con la muerte de los dos franceses?
En la trascendente reunión que celebramos los cuatros amigos, Joaquín, Javier, Pedro y yo misma (porque a pesar de las diferencias de todo tipo que nos separaban nos habíamos convertido ya en cuatro verdaderos amigos), en plena sintonía de cordura, decidimos que el caso ya nos desbordaba, que estábamos física y animicamente exhaustos y que se nos habían agotado las ideas. Reconocimos que hasta allí habíamos llegado, pero que a partir de ese momento necesitábamos dejarlo en manos de personas profesionales y competentes. Nosotros no podíamos hacer nada más y queríamos volver a nuestra vida normal. 
Era evidente que la nueva fase de investigación debía empezarse conociendo con exactitud cuál fue la relación de Sánchez con Tony Lemonier. Probablemente el comisario le atrajo con algún engaño, a él, que era un chico interesado en su historia familiar. El cargo que ocupaba y el hecho de conocer todas las vicisitudes de su familia, serían determinantes para infundir confianza en el joven. A partir de ahora, en la nueva etapa que se abría, policías eficientes podrían, probablemente, rastrear las llamadas o los mensajes electrónicos  que se intercambiaron. Y, pese a las precauciones que tomó Sánchez para que no los vieran juntos (hacerles aparcar el coche en la ermita, abandonarlo allí con todo el equipaje…) alguna manera se encontraría de demostrar que estuvieron en contacto.
Los motivos que llevaron a Sánchez a trasportar los esqueletos a mi casa y posteriormente acabar con la vida de la joven pareja, eran completamente desconocidos para nosotros. Quizás fueron ellos, Tony y Fátima, quienes  buscando el tesoro (¡también conocían la cláusula testamentaria que hablaba de las higueras!) encontraron los esqueletos y pretendieron llevar el asunto de una forma que a Sánchez no le convenía. Bien pudo ocurrir que pensaran avisar a la policía y como él no quería hacerlo, buscó una solución para impedírselo. Sobre la marcha se le ocurriría lo de dejarlos en  mi casa de momento, pues seguramente sabía que yo no estaba y mis vecinos tampoco, y mientras tanto ganaba tiempo para maquinar algún plan.
Pero, bien pensado, no tenía mucho sentido que quisiera guardar los esqueletos ¿por qué no se quería separar de ellos? Una respuesta podía que los quería tener cerca porque aún podían reportarle algún beneficio, quizás entre lo poco que quedaba en aquellos huesos o los restos de ropa, pensaba encontrar alguna joya más. Otra respuesta, quizás más verosímil, podía ser que no quería dejar de sus víctimas ni un centímetro de superficie que pudiera servir para su identificación. Necesitaba que no quedara nada de ellos.
De todos modos, el hecho de que yo regresara de mi viaje antes de lo que  había anunciado, quizás fue el motivo principal de que los planes se le alteraran y tuviera que improvisar.
Fuera como fuera, nosotros no podíamos aportar nada más, seguro que la Justicia seguiría su camino y se acabaría sabiendo la verdad. Y eso era indispensable para encausar al comisario Sánchez, ya que los primeros crímenes que había cometido, por suerte para él, ya estaban prescritos.


EPÍLOGO

¡Que fácil es cometer errores! Afortunadamente. Y ahora veréis por qué lo digo.
Julio Sánchez era calculador, listo, frío… pero no tanto. Cuando se deshizo de los dos jóvenes en el cuarto de lavar de mi casa, evidentemente pensó en coger sus teléfonos móviles, pues en ellos estaban registrados algunos mensajes que le podían involucrar. Incluso habría fotos, pues había visto como Tony Lemonier tomaba instantáneas en la cabaña. También vio como Fátima les hacía fotos a los dos, desde lejos, pero, tan lejos, que el comisario no advirtió que Fátima no hizo las fotos con su móvil, sino con una pequeña cámara digital.
Pasaron un par de meses, ya era octubre, cuando vinieron a pasar unos días conmigo, en mi casa, mi hija con su familia. Como hay que hacer muchas cosas para entretener a una criatura de siete años, un día extendimos en el garaje una mesa de ping-pong que guardaba desde hacía años, donde habían jugado mis hijos cuando eran pequeños. Nos pusimos a pelotear un rato y las pelotas volaban en todos los sentidos, para arriba, para abajo y de un lado a otro, y cuanto más tontamente jugábamos más nos reíamos. En un momento determinado, una pelota se metió debajo de una estantería de metal que había allí, y no salía. Entonces, mi nieto, de ideas rápidas, vio un palo largo de un cepillo, lo pilló y se puso a hurgar debajo de la estantería a ver si salía de una vez la pelota. Después de dos o tres intentonas, ¡SORPRESA! la pelota salió junto a una bolsa de plástico, algún folleto turístico y un pequeño estuche. Cuando lo examinamos, vimos que era una cámara digital NIKON Cool, muy pequeña de tamaño.

-  ¿Qué es esto? - pregunté - si parece una máquina de fotografiar.
- Mira que ordenada es la yaya – reían todos tomándome el pelo.
Pero entonces, se me ocurrió mirar las fotos que había para saber de quien era el aparato y ¡oh, cielos! ¿qué veo? Allí estaba Tony Lemonier con Julio Sánchez examinando la cabaña, mirando las higueras, intentando mover las grandes piedras de la pared de contención, etc. etc. un reportaje completo.
¿Qué había pasado? Probablemente, una vez aparcados en mi garaje, al bajar del coche se le cayó la cámara a Fátima y, con los nervios de la siniestra cargamenta que llevaban, no se dio cuenta ni de que se le había caído ni que se metía allí debajo. Parecía increíble que después de tanto haber examinado el garaje, se le hubiera pasado por alto a la policía, probablemente porque la estantería estaba en el lado opuesto a donde encontraron los esqueletos.
El resto de la historia no hace falta contarla, se puede imaginar. Y la alegría de mis compañeros detectives, indescriptible. Ahora nos reunimos a  veces para recordar nuestra aventura y nos hemos prometido que, cada año, el mismo día que hicimos el gran hallazgo, nos juntaremos para comer o cenar.
Por cierto, que ahora ya puedo poner título a esta narración, porque ya no os descubrirá nada que no sepáis. ¿Cuál os gusta más? Tomaros vuestro tiempo y pensadlo, no tengo prisa. ¡Gracias!


La Nikon Kool

Error fatal (el de Sánchez)

o

Casi todo tiene una explicación



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