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domingo, 1 de enero de 2017

La moral y las mentiras


Los peluches van a clase de Moral


Ayer por la tarde estuve jugando con mi nieto mayor que, justamente ayer, cumplía 7 años. El elige siempre a qué vamos a jugar y, en esta ocasión, decidió montar un colegio por todo lo alto, al que asistían cinco alumnos, cinco peluches que encontramos por casa. Las clases las impartían tres profesores, uno que daba Cálculo, otro Lengua francesa y el tercero Moral o Religión. Era el mismo profesor para las dos asignaturas, solo que en unas clases tocaba un tema y en otras, otro.
Lo primero que hicimos, iniciativa del peque, fue elaborar una lista con la elección que los padres habían hecho para sus hijos sobre estas materias. El resultado fue de 4 alumnos que se habían decantado por Moral y el quinto, el pingüino concretamente, cuyos padres habían optado por la Religión. Yo insinué que, como estaría solo el animalito, no importaba demasiado si iba a clase de Moral, y allí el profesor le podía dedicar alguna enseñanza a él en particular, pero mi nieto fue categórico: NO, los padres del pingüino habían elegido Religión y tenía que ir a clase de Religión.
Así las cosas, y como el profe de Moral y Religión todavía no tenía la facultad de la palabra (es un peluche  Garfield), tuvo que hablar a través de mi voz y dar la clase de Moral, lo que me pilló por sorpresa.

Dediqué la lección a la Verdad y la Mentira, e intentamos reflexionar juntos de por qué hay que decir la verdad, a quién hace daño la mentira, etc. Después de la teoría, llegamos a los casos prácticos y les dije a mis alumnos si querían hacerme alguna pregunta. Un monito de la última fila pidió la palabra (que le prestaba mi nieto) y confesó que aunque él procuraba decir siempre la verdad, a veces le daba miedo decirla y entonces se le escapaba alguna mentira. Esto pasaba más que nada porque, claro, diciendo la verdad podía haber problemas... Por ejemplo, si sus padres le preguntaban si había comido ya toda la verdura y él contestaba que no, seguro que habría jaleo, pero si respondía que sí, tan bajito tan bajito, que casi no era decir mentiras, todos se quedaban tranquilos y no pasaba nada.

Garfield, comprensivo,  a través de mi voz le dijo al monito que no se preocupara, que aunque hay que procurar decir la verdad, en alguna ocasión no es malo decir una mentirijilla, si es para hacer la vida más amable a los demás y también a uno mismo.
Y aquí acabó la clase de Moral, porque tenía que empezar la de Cálculo. ¡Menos mal! ¡Que responsabilidad dar estas clases!




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