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domingo, 12 de febrero de 2017

La secretaria amable



y un secretario muy borde


Perdí mi credibilidad en el despacho del notario, toda. Y de la manera más tonta.
Por una cuestión familiar, tuve que llevar un día unos papeles al despacho del notario. Me abrió la puerta de aquél lúgubre  piso un tipo alto y un poco siniestro, que, no sé por qué, desde el primer momento me dio la impresión de que en sus ratos libres era taxidermista. El caso es que, tampoco sé por qué, ese escalofrío que me dio al mirar la figura del probable taxidermista, me trajo a la memoria la última vez que había estado allí, cuando, estoy casi segura, me había atendido una señorita muy amable que se llamaba Roser, así es que, por curiosidad y por hacerme un poco la simpática y romper el hielo, le pregunté al señor raro si había trabajado antes allí una señorita llamada Roser.
 
El tipo me miró con atención, interrogándose para adentro lo que le pareció oportuno, pero, desde luego, sin dignarse sacar nada para afuera, y contestó categórico:
- No, aquí no ha habido ninguna señorita Roser.
Nada más oír eso, estuve segura de que sí, que había habido una Roser y de que si no estaba en ese momento por algo sería, como por ejemplo, que él la hubiera descuartizado.
Este pensamiento sin consistencia alguna, fue tomando forma y al medio minuto de haberlo esbozado se presentaba en mi cabeza como si fuera una situación vista y oída, vamos, vivida. Por un momento, yo misma me maravillé de mi clarividencia, de cómo había detectado al asesino monstruoso nada más verlo y su horrible crimen. Y fui más lejos en mis cavilaciones y corazonadas, llegando  a la conclusión de que si ya tenía identificado al asesino y a su víctima, sólo me faltaba descubrir el móvil que había conducido a aquella tragedia.
¿Por qué un monstruo semejante podía querer hacerle daño a una persona tan amable como a la pobre señorita Roser?
Había muchas probabilidades, desde luego: podía ser que él quisiera el puesto de trabajo que ella tan bien desempeñaba; o, quizás, él se había enamorado de ella pero ella le rechazó; o él se había aprovechado de un cliente en apuros (¡se conocen tantas, historias en una notaría!), y ella descubrió el negocio turbio que se llevaba entre manos y lo iba a denunciar al notario… o ¡quién sabe! igual el nuevo empleado trabajaba en connivencia con el notario y ella quiso denunciarlos a los dos y él se adelantó a acabar con ella en una especie de defensa propia…
Bueno, estaba claro que si quería resolver ese caso, lo que se necesitaban eran pruebas, no conjeturas. Tenía que desenmascarar al asesino y ¡vive Dios que lo haría!
Lo primero que se debía hacer en una situación así, era transmitirle al sospechoso cierta inseguridad, que supiera que sabíamos lo que había hecho, que se diera cuenta que era acosado, que estaba en observación. ¿Por quién? Por mi, evidentemente. Y no es broma, que como dice el dicho chino, o japonés, “nadie hay tan pequeño que no pueda arañar” y por muy poquita cosa que yo fuera, estoy segura que él intuiría que tenía enfrente una rival de armas tomar. Bastaba hacerle notar mi determinación y fuerza, quizás esa presión le haría cometer algún desliz….
Movilicé mis X kilos de la silla, me puse erguida con calma, miré unas fotos que había en la pared y di una media vuelta rápida, enfocándome completamente delante del presunto, que sentado detrás de un mostrador de madera, fingía mirar unos papeles, mientras me lanzaba miradas intermitentes.
- Perdone – le dije- así pues… - intercalé una pausa para aumentar la tensión- Vd. dice que no ha trabajado aquí la señorita Roser…
- No, no ha habido ninguna señorita Roser.
- Me acuerdo perfectamente de ella –añadí, clavando mi mirada en sus gafas, porque hasta los ojos no llegué- era una persona muy amable.
Silencio, el tipo raro no decía nada, debía estar encajando el mensaje. Al final, después de mostrar cierto desconcierto, volvió a mirar sus papeles. No digo “concentrarse” en ellos, porque era evidente que estaba rumiando mis palabras. ¡Vale! ¡vamos por buen camino!, me dije a mi misma, se está poniendo nervioso, muy nervioso diría yo.
Al cabo de unos minutos, que le debieron parecer interminables porque yo no le quitaba ojo de encima y lo notaba tenso, se levantó y fue hacia una de las salas. Volvió al poco rato con unos papeles en la mano.
- Dice el señor notario –me comunicó- que lleve Vd. estos documentos al despacho de su abogado para que acabe de completar el dossier y, cuando ya lo tengan todo, nos los vuelvan a hacer llegar.
- ¿Qué falta ahora? - pregunté
- El abogado se lo explicará.
Como recordé que el bufete del abogado estaba bastante cerca de allí, fui directamente. Nada más llamar a la puerta, salió a abrirme su secretaria, la señorita Roser.
-¡Ah! ¡que sorpresa! (se me escapó)- ¡Está Vd. aquí! ¡que alegría! –le dije
- Hola, Sra. Torres, cuanto tiempo sin verla. ¿Ya ha ido al notario a llevar el informe que preparamos?
- Sí, pero me han dicho que necesito otro documento, aquí se lo explica –le dije alcanzándole los papeles.
Después de abrir un sobre cerrado, que parecía lo último añadido al dossier, la señorita Roser, que lucía su mejor sonrisa, pasó su mirada por encima del texto y, de repente, su expresión risueña se transformó en una especie de mueca, como la cara de una muñeca horrible.
- ¿Qué me falta llevar ahora? - le pregunté
- Un informe del psiquiatra, en el que certifique que Vd. no tiene ningún trastorno mental…
¡El imbécil del taxidermista! ¡eso era jugar sucio! Casi estuve a punto de lanzarme al cuello de la pobre señorita Roser y apretarlo con fuerza, a ella,  que era tan amable y no tenía la culpa de nada.
En aquél momento, decidí no parar hasta desenmascarar a aquél monstruo, a aquella mente fría y maquiavélica, aunque... bien pensado... ¿de qué le iba a acusar? ¡ya no había víctima ni móvil, ni, consecuentemente, asesino! 
(Creo que la que suscribe debería estar un tiempo sin ver la tele...). 



   

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