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viernes, 28 de julio de 2017

En la copa de los árboles



La historia de mis sueños
la escribí en la copa de los árboles,
y los días de viento
caen trocitos sobre los coches,
y los días de lluvia
se mojan las palabras
y resbalan por las hojas
y por los troncos
hasta la calle. 
La historia de mi vida
la diluí en un vaso de agua grande
y puse azúcar
y un poco de limón,
y se la doy a mis hijos
gota a gota,
siempre que puedo,
para que beban de lo mío
y prolonguen mi existencia
en su pensamiento,
hasta que también ellos
se acaben.




sábado, 22 de julio de 2017

La pesadilla de la protección de datos


¿y quién me protege a mi? 


Lo de esta noche ha sido ha sido una pesadez, además de pesadilla. El sueño que os voy a comentar ha sido el último antes de despertarme, por eso me estoy acordando todo el día y no me lo puedo sacar de la cabeza... Bueno, para ser sinceros, a esta hora de la tarde ya me estaba olvidando, pero lo quiero escribir para que eso no ocurra.
Habíamos llegado a Bruselas mis padres y yo (ellos no estuvieron allí jamás). Y como los sueños tienen la gran ventaja de ser atemporales, bueno, que no se tiene noción del tiempo, esta noche ellos tenían la edad que tenían cuando fallecieron, y yo la que tengo ahora (mayor que ellos) y todos tan contentos.
Hemos llegado a un gran hotel en el mismísimo Rond Point Schumman, nos hemos registrado y les he acompañado a su habitación. Una vez instalados, y en lugar de ir a hacer lo mismo e irme a la mía, les he dicho a mis padres que me iba un momento a ver a mis amigas Carmen y Rosy que estaban en otra habitación, y que enseguida volvería a buscarlos.
De la visita a mis amigas no me acuerdo de nada, pero sí que al querer regresar a buscar a mis padres, resulta que me había olvidado del número de la habitación, así es que he bajado a recepción a preguntar.
Allí en el mostrador de recepción había varias señoritas atendiendo a los numerosos clientes, que hacían interminables filas para registrarse. Me ha llamado la atención que los empleados del hotel llevaran unos uniformes tipo militar. Para no tener que esperar tanto rato, he preguntado amablemente a la señorita que tenía menos gente esperando:
- Disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?
- No, tiene que ponerse en la fila y esperar su turno -me ha dicho con tono autoritario.
Me he colocado en mi sitio y cuando me ha tocado mi turno le he dicho:
- Me he registrado con mis padres hace un par de horas, pero ahora no recuerdo el número de su habitación ¿podría decírmelo, por favor?
- No, no puedo -me ha contestado con cara de pocos amigos. Eso es cuestión de protección de datos.
- Perdone, son mis padres. Me están esperando...
- Llámeles al móvil y pregúnteles.
 - No tienen móvil, son mayores, me necesitan. Me están esperando...
- Lo siento, son datos que no puedo dar. Siguiente, por favor.
Como soy una persona bastante obediente y que no me gusta armar jaleo, me he retirado unos pasos del mostrador y me he puesto a pensar. Bueno, eso es mucho decir ¡a imaginar! pues me angustiaba preguntándome ¿cómo estarán mis padres? ¿que pensarán al ver que pasan las horas y yo no vuelvo a buscarlos? 
Al final he decidido colocarme en otra fila. La he seleccionado porque el chico que la atendía tenía cara amable. He esperado más de media hora, porque tenía delante de mi dos japoneses pero, cuando ha llegado su turno, han empezado a aparecer paisanos suyos por todas partes. Se ve que era un autobús y solo hacían fila dos responsables ¡que rollo! ¡esto sí que es colarse!
Finalmente me toca a mi. Me he mentalizado: en la guerra como en la guerra, yo me quería hacer oir y tenía que actuar. 
- Por favor -le pregunto con toda a amabilidad del mundo al chico sonriente -¿puede decirme en qué habitación están mis padres? me están esperando y he olvidado el número.
- No, lo siento, -me responde sonriendo- no podemos facilitarlo. Es por la protección de datos...
Y cuando estaba a punto de gritar ¡policía! ¡a mi, policía! se me ha encendido una luz en la cabeza:
- Por favor, ¿puede llamarlos, para que hable yo con ellos?
- Desde luego, señora, ¿cuál es el nombre de sus padres? Le paso la comunicación...
¡Seré tonta! ¿Por qué he sufrido tanto si la solución era tan sencilla? ¿Por qué la imbécil que me ha atendido (desatendido) antes no me ha ayudado a encontrar la solución? ¿Por qué me angustio tanto por nada? ¿Por qué los sueños son tan retorcidos?



viernes, 21 de julio de 2017

El frutero se vuelve violento



Y los sueños, sueños son



Siempre he pensado que los sueños son un regalo que nos ofrece la vida. Gracias a ellos podemos movernos por un mundo donde todo es posible, lo que nos permite hablar con seres queridos que llevan décadas muertos, corretear por las casas donde vivimos cuando fuimos niños y disfrutar de muchas cosas, como si aún fuéramos inocentes. 
A pesar de estas maravillas que ofrecen los sueños, he de confesar que me están empezando a dar miedo. Sí, andan muy descontrolados últimamente, no sé que les pasa. Igual es culpa de la enfermedad, o de los medicamentos, de la edad, o de las series de la tele, no lo sé, pero los sueños me están desbordando.
Esta noche resulta que estaba yo en la frutería que tengo cerca de casa, a la que voy todas las días, y que regenta un chico muy amable y tranquilo (no digo la nacionalidad para evitar cualquier interpretación malintencionada). En el sueño, sin que viniera a cuento, de repente, ha agarrado unas esposas y ha atado a una de sus clientas, (entradita en kilos y en años) a una caja de sandías. Es decir, que el tío ha inmovilizado la mano de una señora en una esposa, mientras ponía la otra arandela de la esposa en la mencionada caja de sandías. La conversación ha sido surrealista:
- Pero, ¡por Dios! ¿QUE HACE? si yo no he hecho nada! acababa de entrar en la tienda...
- Pero lo iba a hacer, señora, que la conozco y sé lo que iba a hacer... (le ha replicado el tendero a dos centímetros de la cara de la pobre mujer, mientras la miraba muy fijo)  ¡Y LA FRUTA NO SE TOCA! (le ha berreado).
La pobre mujer estaba a punto de llorar, e insistía.
- Pero ¡por Dios! ¡suélteme! si parezco una ladrona así atada... Mire, que no puedo estar mucho rato de pie porque me tengo que operar de la cadera...
Mientras la mujer hablaba, me ha entrado el pánico, porque sí, yo soy una clienta de las que tocan la fruta, desde los aguacates a los melocotones pasando por las judías verdes... ¿qué debo hacer? ¿qué puedo hacer para no acabar inmovilizada como aquella mujer? ¿pagar los productos que ya he seleccionado y hacer un mutis lo más rápido posible o ponerme a correr directamente? ¿Y si salgo corriendo y me ataca el hombre por detrás, por ejemplo tirándome un coco a la cabeza? ¿Qué hago, por Dios, qué hago?
 De repente me doy cuenta que el frutero está hablando conmigo: 
- ¿Eso es todo lo que quiere, señora?
- Sí, gracias (le he dicho por no entrar en detalles, porque ¡quería tantas cosas! como por ejemplo no hacer el ridículo, como la pobre señora que estaba gritando blandiendo el monedero con su mano libre:
- ¡Socorro! -gritaba ella ya en plan melodramático total- ¡Ayuda! ¡Que me suelte! ¿Por qué a mi, Dios mío?
En mal momento se ha cuestionado ésto la clienta atada, porque el hombre ha reaccionado con prontitud: ha agarrado a una viejecita menuda que estaba entrando en el establecimiento y sin que yo sepa de dónde las ha sacado, ha enchufado una esposa en la delgada mano de la anciana y con la otra, la ha inmovilizado enganchándola a una caja de melones... ¡No me lo podía creer!
- Doce cincuenta -me ha dicho a mi el tendero.
- Se lo doy suelto -he pagado, he pillado mi bolsa con la fruta, he intentado esquivar la mirada de la primera esposada y su mano, armada con el monedero que quería atizarme en el brazo, probablemente para llamar mi atención, y he salido de aquella especie de tienda mazmorra lo más dignamente posible.
Después de andar unos pasos por la calle, me he despertado, pero la pesadilla continúa todavía: ¿cómo he podido hacer una cosa así? ¿por qué no le he cuestionada nada al chico de la tienda? ¿por que no he llamado a la policía? ¿porque no me he dignado mirar a aquellas víctimas? ¡Dios mío! SI UN DÍA SE ENTERAN MIS NIETOS ¿CÓMO ME JUSTIFICARÉ de tanta cobardía? ¿Qué podré decirles para que me sigan queriendo? ¿o no soy culpable de nada? al fín y al cabo, uno no es responsable de lo que sueña, ¿pero he soñado eso por algo...? ¿es mala conciencia...? 
A ver si esta noche sueño algo más divertido...