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domingo, 17 de septiembre de 2017

Un mal sueño

... como la vida misma



Más que soñar, ha sido como verme en un espejo donde la mirada, traspasando carnes y huesos, llegaba al núcleo del alma, suponiendo que tenga núcleo... Voy a contar de qué va el sueño de hoy, pero llamaré Lela a la protagonista, para evitar llevarlo a un terreno demasiado personal.
 La Lela tenía dos hijos, un chico y una chica, maravillosos. Ya tenían más de 40 años. La nuera de la Lela era maravillosa, y el yerno también, maravilloso. Gracias a Dios, sus nietos eran preciosos y estaban sanos. Todo era maravilloso.
La Lela estaba triste ¿qué tenía la Lela? pues que estaba muy blandita, cualquier cosa la hacía llorar. Ya procuraba ella entretenerse con actividades y aficiones varias, pero no podía dejar callados el montón de miedos que la asaltaban. El problema principal era la salud, sobre todo el que las piernas no le funcionaban bien y, en fin, otras cosillas que no vienen al caso.
Como tampoco es que le gustara ir de víctima por la vida, pues la Lela procuraba cumplir con sus obligaciones y llegar donde se esperaba que llegara. No obstante, quizás fuera por el esfuerzo al que se sometía o simplemente porque estaba un poco deprimida, nuestra protagonista se volvió extremadamente sensible a los reproches y críticas de su familia, que eran los únicos que se las hacían, todo hay que decirlo... Y llegó un momento, que le pareció tan injusto que se le diera la culpa de todas las cosas malas que pasaban por el mundo, que medio enloqueció, lo digo sin exagerar, tal cual suena.  
Llegó el verano y resulta que la Lela había quedado en reunirse con toda la familia unos días en su pueblo. Y le hacía tanta ilusión, que contaba los minutos que faltaban para poder abrazarlos a todos. Ahorraré prosa sobre toda la energía e ilusión que la Lela desplegó para que la familia pudiera pasar unos días felices juntos. Pero, algo se torció. Fueron un par de llamadas telefónicas, algún reproche... nada grave, solo varias tonterías juntas, el caso es que los ánimos se enfriaron, y cuando llegó el día "D", pasó lo siguiente:
Cogió la Lela el autobús Barcelona-Barbastro, donde tenía que pillar otro con dirección Benasque, pero como nuestra protagonista tenía la cabeza a punto de explosión, el corazón muy agitado y muchas ganas de llorar, sin que fuera nada premeditado, se oyó a si misma pidiendo en la taquilla de la estación un billete para Boltaña. Después, desconectó el teléfono. Cuando llegó a su destino, pidió un taxi y se fue más lejos, y encontró una habitación en un hotelito en plena montaña, se tumbó en la cama, y pensó que al fin podría estar tranquila. Y la verdad, hay que decirla, es que lo estuvo, porque aunque parezca imposible, no pensó en nadie de la familia, se borró todo el mundo de su mente.
Allí estuvo dos días, hasta que la dueña del hotel le pasó una llamada. Era de uno de sus hijos, que le preguntó:
- Mamá ¿tú sabes lo que has hecho?
Ella no contestó nada, porque la respuesta le parecía obvia: sí, lo sabía. Evidentemente, le hubiera gustado más que le preguntara algo así como ¿estás bien? ¿qué te pasa? etc. pero no dijo nada, estaba cansada.
- Mamá, no te muevas de ahí, te vamos a buscar inmediatamente, pero que sepas que no hay derecho que no hayas hecho sufrir tanto...
Entonces ella, con la lucidez que le quedaba, pensó: si en cuarenta y pico años ejerciendo de madre y esposa sin haber hecho nada especialmente reprochable, ya me he tenido que tragar algunas broncas, ¿qué me espera ahora, que, reconozco, he hecho una barbaridad de las gordas?
Decidió actuar. Le dijo a la dueña, que la tenía bajo observación todo el rato desde la conversación telefónica, que iba a recoger sus cosas a la habitación, y cuando la dueña relajó la guardia y se ausentó un momento del hall, la Lela salió del hotel sin que nadie la viera. Siguió un cartel que ponía "Camino forestal", y cuando le apeteció lo dejó y salió de él y se internó en el monte. Y caminó, caminó mucho, y cuando al fin se sentó, ya se estaba haciendo de noche. Lela tenía frío y no sabía si quería que la encontraran o no, bueno, más bien que no... Y, como si fuera una niña pequeña, se acurrucó como pudo sobre el suelo y empezó a llorar y llorar mientras decía papá, papá.
Y así me desperté, con los ojos llenos de lágrimas. ¡Jo! y ahora ¿como voy a salir de casa con esta cara?   
     

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