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miércoles, 14 de noviembre de 2018

¡Navidad! ¡NAVIDAD!



Cuento extra de Navidad



Cuando llega la Navidad, San Nicolás cargado de naranjas, Papá Noel en su trineo, los Reyes Magos con los camellos  y todavía más seres prodigiosos que hay por el mundo, se encuentran y se cruzan por caminos semidesérticos y por ciudades populosas con una sola misión: llevar regalos a los niños buenos. Este tráfico resulta muy fatigoso para los venerables repartidores, la verdad. 

Y es que no es sólo repartir, que sería lo de menos, es que hay que examinar caso por caso para saber si los niños que piden regalos se los merecen o no, es decir, si las criaturas han estudiado lo suficiente, si contestan mal a sus papás, si le pegan a los hermanitos más pequeños, si comen verduras, etc. y, aunque los personajes que hemos nombrado tienen muchos super poderes, el caso es que toda esa investigación lleva su tiempo.
Después viene el asunto del reparto, que aunque pensamos que ya lo tienen que saber hacer muy bien, después de tantos años que llevan haciéndolo, tampoco es que sea cualquier cosa... hay que subir a lo alto de los rascacielos, ir a aldeas remotas, meterse en barcos que están navegando por alta mar, y todo esto en un solo día y ¡sin hacer ruido!
Me han contado, que este verano pasado, Papá Noel, que es el que se cansa más, por estar más gordito y por ser ya un poco mayor, ha convocado a sus colegas en su casa de Laponia, para pasar un fin de semana juntos y ver cómo podían enfocar el trabajo.
Después de discutir amigablemente de todos los temas que tenían que tratar, han llegado a una conclusión.
Como ya sabéis, cada uno de estos seres prodigiosos, menos los Reyes Magos que son tres, reparte los juguetes un día distinto, pero han decidido trabajar todo lo que haga falta para ayudarse los unos a los otros. Es decir, el 6 de diciembre, San Nicolás dirigirá la operación, porque es su día, y Papá Noel, los Reyes Magos y otros voluntarios le ayudarán. El 24 de diciembre: Papá Noel es el responsable del reparto, así es que tomará el mando y los demás estarán a sus órdenes. Para Reyes, el 6 de enero, serán los Reyes Magos quienes se encarguen de organizar el reparto de juguetes, y Papá Noel y San Nicolás les echarán una manita...
Parece una buenísima idea, pues al estar juntos se van a divertir más, se cansarán menos y hay menos probabilidades de que algún niño se quede sin regalo a causa de un olvido, porque trabajando en equipo no se les pasará nada.
De todos modos, hay que esperar a esta Navidad para ver cómo funciona el invento... ¡Esperemos que todo vaya bien! 
Por cierto, que también se ha discutido mucho el asunto de las golosinas, como quién ha de llenar las botas o calcetines colgados en la chimenea; si es bueno o no poner tanto chuche a los niños; si hay que eliminar los cigarrillos de chocolate, para que los niños no jueguen con esas cosas... Hasta se ha tratado el tema del carbón que reparten los Reyes Magos, pues algunos han sugerido que tendría que ser carbón carbón, mientras que otros piensan que es mejor ponerlo azucarado.    

  ¡Ah! ¡Me olvidaba! un tema muy debatido ha sido el que trataba sobre qué hay recomendar a los niños que dejen en el balcón para los Reyes Magos, camellos,  etc. porque hay quien les deja alguna copita de cava, una cerveza, un poquito de vino dulce, y eso no parece una buena idea, porque los ilustres repartidores, van probando un poquito por aquí y otro por allá y al final no les sienta nada bien tanta mezcla de bebidas... Así pues, se pide que se les deje agua, simplemente agua. Un vasito de agua les irá muy bien (aunque hay quien sigue insistiendo en que alguna cervecita tampoco va mal de vez en cuando).
¡Feliz Navidad!

viernes, 28 de septiembre de 2018

Un vehículo muy especial





Cuento de y con hueveras, nº 6.



Había una vez un niño que vivía en un pueblecito muy pequeño, en la montaña. Tan pequeño era que no tenía ni escuela, y los niños que allí vivían tenían que ir al colegio a otro pueblo más grande que estaba a pocos kilómetros de distancia. Lo mismo les pasaba a otros escolares de aldeas y pueblecitos vecinos.
A la escuela llegaban los niños conducidos unos por sus papás, otros por sus mamás abuelos, abuelas, vecinos... y llegaban a bordo de coches, furgonetas, motos, hasta iban en tractor... Solo había un niño, Pedro, que llegaba montado, junto con su abuelo, en un carrito conducido por un asno. Todos los compañeros se reían de él (de Pedro) cuando le veían llegar:
- ¿Sabeis cuántos caballos tiene el auto de Pedro? - decían entre ellos- ¡un burro! ja ja ja 
- Oye Pedro, a ver si le das para desayunar paja con gasolina y corre más tu burromovil! ¡que va muy lento! JA JA JA
El abuelo le decía:
- No te preocupes Pedro, solo quieren bromear, un día querrán estar donde tu vas.
Y con viajes de casa a la escuela y de la escuela a casa, se fue acercando el verano y también las vacaciones, pero antes, había que pasar los exámenes.
Justo aquella semana de nervios y tensiones se pusieron en huelga todas las estaciones de gasolina. No vendían nada de combustible. Empezaron a cerrar el sábado, y el domingo aún se veían funcionar vehículos, casi normalmente, pero el lunes ya muchos conductores se habían quedado sin nada con que alimentar sus coches, y el martes ya no se movía casi ningún automóvil... Llegados al miércoles y jueves, no funcionaba nada sobre ruedas (bueno, las bicis sí). 
En el colegio, por las mañanas, ya no había jaleo con el tráfico de coches aparcando para que bajaran los niños, pues éstos tenían que venir de sus casas andando, a kilómetros de distancia. Pedro les veía caminar cansados al lado de la carretera, mientras él y su abuelo iban por el medio de la carretera tan tranquilos, montados en el carrito que arrastraba su asno.
- ¿Me puedo montar contigo? -le decía alguno de ellos.
Y Pedro, que tenía buen corazón, quería ayudarles y miraba con cara de súplica a su abuelo para que sus compañeros pudieran subirse con ellos, pero el abuelo decía:
- Lo siento mucho, pero no podemos cargar más al pobre Chiquito (que era el nombre del burro).
Y seguían su camino los tres, Chiquito, el abuelo y Pedro, mientras oían las conversaciones y los gritos que les llegaban de los que andaban a su lado, con cosas como:
- Papá ¿por qué no compras un coche como ese? -decían señalando al carro- ¡Me canso de andar!
Y el abuelo le dijo a Pedro:
- ¿Ves, Pedro? hace pocos días todos los coches nos adelantaban y tus compañeros se reían de nosotros, hoy quisieran ir montados aquí en el carro. Lo que parece muy bueno un día, al día siguiente puede no serlo. De todos modos, lo que sí que es seguro es que en cuanto acabe esta huelga todos nos volverán a adelantar... ¿verdad? -y mirando a su nieto con una gran sonrisa, añadió:
- Pero ¡que importa! ¡Nadie tiene un vehículo tan especial como el nuestro! 
Y Pedro le dio un abrazo muy grande a su abuelo, pensando que era cierto, que iban en en un medio de transporte muy especial. Mientras tanto, Chiquito se hacía un poco el chuleta delante de todos los que le miraban: se ponía a galopar un ratito, después iba despacio, levantaba las patas de delante, movía la cabeza de un lado a otro... Hacía tanta tontería solo para hacerse el interesante.  



lunes, 24 de septiembre de 2018

Aventura de verano

Cuento de y con hueveras, nº 5. 
Hace muchos años, en un pueblecito de los Pirineos, cada familia tenía en su casa gallinas y pollitos. Y algún gallo. Todos ellos salían a jugar y picotear por las calles del pueblo y cada vecino conocía los que eran suyos. Cuando se hacía de noche, cada uno recogía los que le pertenecían y los llevaba a cobijarlos en su casa.
Los pollitos se lo pasaban en grande. Jugaban al escondite, hacían carreras, buscaban lombrices... Pero aquella tarde de agosto, fue diferente. El caso es que estaban todos muy acalorados y todo el rato buscaban  alguna sombra donde resguardarse del fuerte sol. Y como no tenían ganas de correr, hablaban, para combatir el aburrimiento.
- Ya se qué podríamos hacer - dijo de repente uno de ellos, que parecía el más locuelo - Podríamos ir al río, he oído que allí hay mucha agua, y si nos mojáramos un poco nos refrescaríamos.
- Estás loco. Es un sitio muy peligroso y ninguno de nosotros ha estado nunca, ni siquiera sabemos llegar. Y mamá tampoco ha estado nunca.
- No puede ser tan peligroso ni estar tan lejos porque María mi dueña, va cada día. Bueno, al río no, al huerto que tiene allí al lado - continuó diciendo el pollito aventurero.
- Podemos probar, y si nos cansamos por el camino, pues nos damos la vuelta - dijo el mayor del grupo.
Y muy excitados con la idea de descubrir cosas nuevas, se pusieron en marcha. Al rítmo del "pío, pío" que iban cantando cada uno por su lado, se fueron a la salida del pueblo y después bajaron por una pendiente bastante pronunciada, que les pareció divertidísima, y que alguno de ellos bajó dando volteretas, y no por gusto...   Ya en el llano, divisaron agua, que a ellos les pareció el río y allí pasaron un buen rato chapoteando y mojándose las patitas. 
Cuando ya parecía que el sol se iba a ocultar, el más sensato dijo que era hora de volver a casa, y aunque algunos refunfuñaron, empezaron el camino del regreso. Lo malo fue que lo que antes era bajada, entonces era subida, y a los pobres pollitos les fallaban las fuerzas. Menos mal que por el pueblo ya los habían encontrado a faltar y los vecinos los andaban buscando. Cuando al fin los localizaron, los dueños se pusieron muy contentos y les ayudaron a subir aquella cuesta, aunque también les iban regañando cariñosamente:
- Pero ¿por qué os habéis sido solos? Ya no estaremos tranquilos cuando os dejemos en la calle - decía María- ¡Que ideas! 
- Menos mal que no han llegado al río... - dijo un señor mayor.
Cuando oyeron esta frase, los pollitos se quedaron petrificados y se decían los unos a los otros:
- Pero ¿qué cuentan? ¿que aquello no era el río? ¿pues dónde se supone que hemos estado? ¡que fraude! ¡nosotros queríamos ir al río! ¡que ridículo hemos hecho!
Entonces el compañero aventurero les hizo reflexionar:
-  ¿Que no os lo habéis pasado bien?  ¿no nos hemos divertido? ¿no nos hemos refrescado? ¿no nos ha costado ya mucho esfuerzo llegar hasta donde hemos llegado? es igual si hemos estado en el río o en una charca, ha sido un día diferente y hemos vivido una aventura especial. Cuando seamos mayores, a lo mejor podremos llegar al río de verdad.
Y un gran rumor de pío, píos, vino a aprobar esta reflexión, mientras iban caminando felices y contentos por las calles, regresando a casa, eso sí, controlados por sus dueños y dueñas. 

Los conejitos presumidos

   

Cuento de y con hueveras, nº 4.

E

En el Reino de las hueveras, los conejitos siempre han tenido fama de ser un poco presumidos. Ya sea porque para la Pascua ellos son los protagonistas absolutos o porque, la verdad, es que son muy graciosos, el caso es que siempre miran un poco por encima del hombro (es una manera de hablar...) a los demás.
Queremos contaros lo que les pasó un día, para que os deis cuenta de que no hay nadie superior a los demás, todo el mundo tiene alguna cualidad. Una cualidad o cualidades que a algunos se les ven enseguida, y a otros hay que buscárselas con más atención.
El caso es que estaban los conejitos y conejitas tan felices hablando de sus cosas, como:
- ¿Has visto que elegante va Peter Rabbit de Beatrix Potter?
- ¡Me encanta! pero los modelos que visten las creaciones de Villeroy & Boch son divinas!
- Es que los tonos pastel favorecen mucho...
Y así estaban pasando el rato, ju, ju, ja, ja, cuando se acercó al grupo una ardilla.
- ¿Dónde vas? -le preguntó con malos modales un conejo muy grande y gordo.
- Hola -respondió amablemente la ardilla- estoy sola por aquí y no conozco a nadie ¿puedo quedarme un rato con vosotros?
- ¿Tú qué opinas? -le preguntó el conejo maleducado mirándole fijamente a los ojos  - ¿crees que nos puede interesar algo de lo que digas? ¿nos vas a decir lo que se llevará esta próxima temporada? Ja, ja, ja ¡con las pintas que llevas!
Y la ardilla se quedó tan triste que no pudo decir nada, bajó la cabecita y se marchó agarrando muy fuerte la nuez que tenía a medio comer.
No había pasado mucho rato, cuando apareció de repente un hombre que cazaba conejos para venderlos en el mercado. Como atacó por sorpresa, pillo a tres o cuatro de ellos de golpe y los metió en un cesto de mimbre. Después colgó el cesto de una rama, suspendido en el aire, para que no pudieran salir, y se marchó corriendo a perseguir a los otros conejitos que se habían escapado.
Dentro del cesto, los animalitos gritaban a su manera ¡ayuda! ¡socorro! y la ardilla, que no andaba muy lejos, se acercó a ver que pasaba. Una voz sobresalía del interior "¡Sacadnos de aquí! ¡sacadnos, por favor!" decía, y ella reconoció inmediatamente al conejo antipático:
- ¿Es Vd. señor conejo? -le preguntó la ardilla - ¿puedo ayudarle?
Y el conejo, que la veía un poco a través de los mimbres del cesto, temiendo que no quisiera ayudarles por lo mal que la habían tratado poco antes,  le respondió zalamero:
- ¡Oh! ¡es Vd. señora ardilla! ¡que alegría oírla! ¿podríamos abusar de su amabilidad? 
- No se si voy bastante elegante para estar con Vdes... -contestó muy pillina la ardilla, mientras se le escapaba una sonrisita.
- ¡Que importa eso! - contestó el conejo - nos hará un gran favor si nos libera pronto.
Como ella tenía buen corazón y, aunque también tenía buena memoria no guardaba rencor, saltando de rama en rama consiguió acercar una de ellas al cesto, que abrió con sus fuertes dientes, y los conejos pudieron liberarse y descender hasta el suelo.
- Le pido perdón, señora ardilla -le dijo muy serio el conejo- hace poco rato nos hemos portado mal con Vd. y ahora nos ha salvado la vida. Le estamos muy agradecidos.
- Estoy contenta de haberles ayudado. De todos modos les sugiero, que la próxima vez que conozcan a alguien, en lugar de examinar cómo viste, cómo calza o cómo peina, se detengan a pensar en las cualidades que tiene esa criatura. Seguro que de alguna de ellas Vd. y sus amigos se podrán beneficiar -dijo sonriendo la ardilla muy digna.
Y los conejitos le ofrecieron una gran fiesta para darle las gracias y cuento contado... ¡Me olvidaba! ¡en la fiesta estaban todos, no faltaba nadie, porque el cazador ya no supo pillar a ninguno conejo más!

sábado, 18 de agosto de 2018

Los superhéroes


Cuento de y con hueveras, nº 3




Miguelito era un buen niño, como todos los niños. A veces un poco travieso, un poco pillo.... como casi todos los niños. Le gustaba mucho todo lo que tuviera algo que ver con super héroes: dibujos animados, películas, cromos, cómics, ¡todo! Cuando hacían algo en la tele con sus ídolos, Miguelito se quedaba como petrificado mirándolo, y se olvidaba del resto del mundo, ¡y le fastidiaba muchísimo que le molestaran!  
Aquél día del mes de junio, a Miguel le parecía que su padre estaba obsesionado con los deberes... por lo menos se paró delante de él ocho veces preguntándole siempre lo mismo "¿ya has hecho los deberes? ¿ya has hecho los deberes?". Miguel le contestaba que sí, para que le dejara ver la película tranquilo, pero justo en lo más emocionante, va su padre y apaga la tele ¡no puede ser! ¿será posible tanta crueldad?
- Pero, papá ¡que es el final! - gritó el niño.
- Desde luego que sí, para ti seguro que sí. Si me enseñas los deberes hechos, ponemos la tele otra vez, pero si no, te vas a tu cuarto y los haces.
- Pero ¡papá!- y mientras decía estas palabras, la cabeza de Miguel razonaba friamente: inútil de ir a buscar nada, porque no había hecho ningún deber... si reconocía la culpa, tal vez podría negociar ver el final... Así es que se armó de valor y dijo:
- No los he hecho aún, pero son muy fáciles, después de cenar los hago en un momento.
- No -dijo su padre, y con la tele todavía dramáticamente muda, continuó - subes a tu habitación ahora mismo y haces los deberes. No hay nada más que hablar. Has hecho dos cosas malas: mentir y no hacerlos. Vete a tu cuarto.
Cuando llegó allí a su habitación, cerró la puerta de un portazo y, no contento con eso, pasó un cerrojo que tenía prohibido tocar. Se tendió sobre la cama y empezó a pensar lo desgraciado que era.
A la hora de cenar, su madre vino a avisarle que la cena ya estaba preparada, pero no pudo entrar en el cuarto. Llamó alarmada a su hijo y Miguel quiso abrir la puerta, pero el cerrojo iba muy duro y no podía moverlo. Lo intentó de todas las maneras, pero nada. 
Al principio estaba tranquilo, pero a medida que pasaba el tiempo se iba poniendo nervioso ¿cómo iba a salir? ¿quién podía ayudarle? Al final, le llegó una luz ¡ellos! pensó, esos superhéroes buenos, valientes y simpáticos que impartían Justicia por todas partes y ayudaban a los débiles. Llamó a gritos a Superman, a Spiderman, a Batman, hasta a Harry Potter, que podría hacer un truco de magia y sacarle de allí, pero ¡nada!
De repente, oyó a su madre decirle desde el otro lado de la puerta: 
- Miguel, abre la ventana.
Se dirigió a la ventana, y vio a su padre en el exterior encaramado al balcón. Bajaba del piso superior con unas telas atadas a la cintura y cara de pánico ¡no volaba como sus ídolos, pero estaba allí para salvarle!
Cuando lo tuvo al lado, Miguel le abrazó muy fuerte y le dijo, - Papá, tú sí que eres un superhéroe, mi superhéroe favorito.
Su padre le besó con ternura. Y, después de cenar, Miguel hizo los deberes.