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sábado, 18 de agosto de 2018

Los superhéroes


Cuento de y con hueveras, nº 3




Miguelito era un buen niño, como todos los niños. A veces un poco travieso, un poco pillo.... como casi todos los niños. Le gustaba mucho todo lo que tuviera algo que ver con super héroes: dibujos animados, películas, cromos, cómics, ¡todo! Cuando hacían algo en la tele con sus ídolos, Miguelito se quedaba como petrificado mirándolo, y se olvidaba del resto del mundo, ¡y le fastidiaba muchísimo que le molestaran!  
Aquél día del mes de junio, a Miguel le parecía que su padre estaba obsesionado con los deberes... por lo menos se paró delante de él ocho veces preguntándole siempre lo mismo "¿ya has hecho los deberes? ¿ya has hecho los deberes?". Miguel le contestaba que sí, para que le dejara ver la película tranquilo, pero justo en lo más emocionante, va su padre y apaga la tele ¡no puede ser! ¿será posible tanta crueldad?
- Pero, papá ¡que es el final! - gritó el niño.
- Desde luego que sí, para ti seguro que sí. Si me enseñas los deberes hechos, ponemos la tele otra vez, pero si no, te vas a tu cuarto y los haces.
- Pero ¡papá!- y mientras decía estas palabras, la cabeza de Miguel razonaba friamente: inútil de ir a buscar nada, porque no había hecho ningún deber... si reconocía la culpa, tal vez podría negociar ver el final... Así es que se armó de valor y dijo:
- No los he hecho aún, pero son muy fáciles, después de cenar los hago en un momento.
- No -dijo su padre, y con la tele todavía dramáticamente muda, continuó - subes a tu habitación ahora mismo y haces los deberes. No hay nada más que hablar. Has hecho dos cosas malas: mentir y no hacerlos. Vete a tu cuarto.
Cuando llegó allí a su habitación, cerró la puerta de un portazo y, no contento con eso, pasó un cerrojo que tenía prohibido tocar. Se tendió sobre la cama y empezó a pensar lo desgraciado que era.
A la hora de cenar, su madre vino a avisarle que la cena ya estaba preparada, pero no pudo entrar en el cuarto. Llamó alarmada a su hijo y Miguel quiso abrir la puerta, pero el cerrojo iba muy duro y no podía moverlo. Lo intentó de todas las maneras, pero nada. 
Al principio estaba tranquilo, pero a medida que pasaba el tiempo se iba poniendo nervioso ¿cómo iba a salir? ¿quién podía ayudarle? Al final, le llegó una luz ¡ellos! pensó, esos superhéroes buenos, valientes y simpáticos que impartían Justicia por todas partes y ayudaban a los débiles. Llamó a gritos a Superman, a Spiderman, a Batman, hasta a Harry Potter, que podría hacer un truco de magia y sacarle de allí, pero ¡nada!
De repente, oyó a su madre decirle desde el otro lado de la puerta: 
- Miguel, abre la ventana.
Se dirigió a la ventana, y vio a su padre en el exterior encaramado al balcón. Bajaba del piso superior con unas telas atadas a la cintura y cara de pánico ¡no volaba como sus ídolos, pero estaba allí para salvarle!
Cuando lo tuvo al lado, Miguel le abrazó muy fuerte y le dijo, - Papá, tú sí que eres un superhéroe, mi superhéroe favorito.
Su padre le besó con ternura. Y, después de cenar, Miguel hizo los deberes.


  

Juntos, aunque sea en el zoo



Cuento de y con hueveras, nº 2


Había una vez un zoo en una gran ciudad. Algunos de los animales que allí vivían habían nacido en sitios lejanos, otros, en cambio, habían llegado a este mundo allí mismo, y nunca habían conocido otro lugar.
Aunque estaban separados los unos de los otros, los animales se comunicaban entre ellos ¡faltaría más que no pudieran pegar un buen aullido de vez en cuando! ¿cómo les iban a prohibir canturrear o hacer los ruidos que les apeteciera?
En un rinconcito del zoo, habían hecho mucha amistad un elefante, un rinoceronte, unos tigres, un león, dos pingüinos y algunos colegas más, pero el que llevaba la voz cantante del grupo y al que todo el mundo le hacía caso era a Micky, un mono, precisamente el más pequeñajo de todos ellos, pero es que era un parlanchín muy simpático que no callaba en todo el día y les hacía reir mucho. Además, no querían que el león fuera el jefe. Le tenían manía porque era muy chuleta y siempre repetía eso de que él era "el rey de la selva".
Un día, Micky estaba muy callado. Pasó toda la mañana sin dejarse oir y por la tarde seguía igual, pero poco antes de que se pusiera el sol, se colgó de una rama, de manera que quedaba por encima de todos los demás animales. Se agarraba a ella con la pata delantera izquierda, mientras que con la derecha sostenía una banana, y empezó a decir, mientras columpiaba su cuerpo tranquilamente:
- Compañeros, compañeras, quiero comunicaros una noticia: esta noche me marcho del zoo. No se qué voy a hacer exactamente ni cómo acabará la aventura, pero quiero conocer qué hay más allá de estos muros. No quiero llegar a viejo habiéndome pasado toda la vida en un pequeño trozo de tierra y los mismos cuatro árboles. Os encontraré a faltar -dijo emocionado.
- Micky ¡no te vayas solo! yo quiero acompañarte - le dijo la jirafa.
- ¡Y yo también! - atronó el rinoceronte.
- Si lo hubiera sabido con tiempo... - dijo el elefante que se movía con parsimonia. Decidir así tan deprisa no es lo mío... Esto es muy rápido.
- Lo que pasa es que tú eres muy lento -le gritó un tigre.
- Si necesitáis un jefe que os guíe, un líder... -empezó a enrollarse el león.
- ¡Nuestro líder es Micky! ¡Micky! ¡Micky! - gritaron todos, menos el león...
- Está bien -interrumpió Micky- el que quiera marcharse conmigo,  que me siga esta noche. A las 10 nos encontraremos aquí.
Y a las 10 de aquella noche, todos los animales que habían escuchado el mensaje de Micky le siguieron, menos el elefante, que ya se veía que no podía pasar por el agujero por el que se escapaban los demás, y ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo.
Una vez fuera, se pensó que era mejor separarse, para no asustar demasiado a la gente de la ciudad, pero quedaron en encontrarse cada noche, para comentar como les iban las cosas.
 Y las cosas, fueron mal. Cada día prácticamente todos se quejaban de que no habían encontrado suficiente comida, de que les habían perseguido, les habían atacado... vivían en un sobresalto continuo. Para empeorar las cosas, los "animalistas" se habían puesto a hacer manifestaciones con el lema "Cada animal en su habitat" y recogían fondos para expedirlos, cuando los encontraran, a sus lugares de origen: unos a Africa, otros a Asia... ¡los iban a repartir por todo el planeta!
La noche del quinto día de escapados, Micky, muy serio, habló a sus amigos.
- Queridos colegas, es evidente que no podemos seguir así. Siento que hayamos llegado a esta situación. No se si ha valido la pena, pero lo cierto es que hay que acabar con esto. Es imposible vivir mucho tiempo escondidos en una ciudad y tampoco podemos marcharnos de ella. Además, ahora se que mi hogar no está allá lejos, en un ambiente que nunca he vivido, mi hogar lo tengo aquí, en unos pocos metros de tierra y con cuatro árboles que me conozco centímetro a centímetro, pero que son míos. El que quiera regresar, que venga conmigo.
A la mañana siguiente, cuando los vigilantes del zoo empezaron su trabajo, vieron con sorpresa que el rinoceronte ya estaba despierto en su lugar, y el león rugía esperando su desayuno. ¡Todos los animales que se habían ido estaban de nuevo en su sitio! y Micky, desde una rama alta, imitaba los gestos de sorpresa del encargado de Mantenimiento, provocando las risas de sus amigos. Quería hacerles olvidar la nostalgia de lo que no tenían, y que disfrutaran de la importancia de estar tranquilos, en buena compañía.


viernes, 17 de agosto de 2018

Cumpleaños feliz



Cuento de y con hueveras nº 1





Jan estaba muy ilusionado con la fiesta de su cumpleaños, llevaba meses esperándola.
- Mamá, ¿cuándo vamos a dar las invitaciones para la fiesta?
- Este sábado las compraremos, las escribirás el domingo y las llevarás al cole el lunes ¿te parece bien? - le contestó pacientemente su madre.
- Sí. ¿A cuántos amigos puedo invitar?
. A seis. La casa es pequeña y si sois muchos no podréis jugar a nada - argumentó la madre...
- ¡Pero seis es muy poco! ¡Siempre somos más en las fiestas!
- Aquí seréis seis, es suficiente -contestó la mamá.
- ¡Pero mamá....!
- Anda, piensa a quién vas a invitar y dímelo - atajó la madre, para cambiar de tema.
Al cabo de un rato Jan se pone delante de su mamá con un papel.
- ¡Ya está!
- Muy bien, dime -le dijo ella.
- A Claudio, Tony, Yokito, Ronald, David y Jaime.
- ¡Madre mía! ¿esos son tus más amigos?
- Sí
- Pero ¿no ves que Claudio es de plástico y os hará hacer cosas que vosotros no podéis hacer? ¡como él no se romperá! Y Tony... ¿también es tu amigo? ¡si no habla con nadie! parece que está siempre en la luna... ¡Por favor!
- Es que es muy tranquilo, mamá, y, además, está enamorado
- ¡Por Dios, por Dios! ¿Quién os mete esas cosas en la cabeza? ¡Unos niños de ocho años! Y la "Lokita" esa ¿también es tu amiga? ¡si podría ser tu madre!
- Se llama Yokito... y es muy simpática.
- Y Ronald - interrumpió la madre- Ronald ¿también es simpático? ¡es un bicho! ¡de madera tenía que ser! ¡lo peor de lo peor! 
A Jan se le empezaron a poner los ojitos como mojados, y ya no miraba a su mamá, miraba no se sabe dónde, al vacío.
La madre, por inercia, continuaba con el repaso  de las amistades de su hijo:
- David es un "mátalas callando", con carita de niño bueno, pero es de esos que tiran la piedra y esconden la mano. Y Jaime...
Entonces la mamá miró a su hijo, que ya no podía retener más tiempo el mar de lágrimas que se le asomaba a los ojos, y vio como el llanto le desbordaba. Entones, fue hacia él y le abrazó muy fuerte mucho rato, mientras le decía:
- Perdóname, Jan, perdóname, es la primera vez que tú eliges a tus amigos y yo no los conozco bien todavía. Verás que va a ser una fiesta estupenda, haremos muchos juegos, ya me dirás cuáles prefieren ellos, y nos lo pasaremos bien todos juntos, te lo prometo.
Y así fue, la fiesta resultó todo un éxito y la mamá conoció a los nuevos amigos de su hijo, los primeros que él había elegido en su vida, en la suya. Y cuento contado, por la chimenea se ha escapado...