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viernes, 28 de septiembre de 2018

Un vehículo muy especial





Cuento de y con hueveras, nº 6.



Había una vez un niño que vivía en un pueblecito muy pequeño, en la montaña. Tan pequeño era que no tenía ni escuela, y los niños que allí vivían tenían que ir al colegio a otro pueblo más grande que estaba a pocos kilómetros de distancia. Lo mismo les pasaba a otros escolares de aldeas y pueblecitos vecinos.
A la escuela llegaban los niños conducidos unos por sus papás, otros por sus mamás abuelos, abuelas, vecinos... y llegaban a bordo de coches, furgonetas, motos, hasta iban en tractor... Solo había un niño, Pedro, que llegaba montado, junto con su abuelo, en un carrito conducido por un asno. Todos los compañeros se reían de él (de Pedro) cuando le veían llegar:
- ¿Sabeis cuántos caballos tiene el auto de Pedro? - decían entre ellos- ¡un burro! ja ja ja 
- Oye Pedro, a ver si le das para desayunar paja con gasolina y corre más tu burromovil! ¡que va muy lento! JA JA JA
El abuelo le decía:
- No te preocupes Pedro, solo quieren bromear, un día querrán estar donde tu vas.
Y con viajes de casa a la escuela y de la escuela a casa, se fue acercando el verano y también las vacaciones, pero antes, había que pasar los exámenes.
Justo aquella semana de nervios y tensiones se pusieron en huelga todas las estaciones de gasolina. No vendían nada de combustible. Empezaron a cerrar el sábado, y el domingo aún se veían funcionar vehículos, casi normalmente, pero el lunes ya muchos conductores se habían quedado sin nada con que alimentar sus coches, y el martes ya no se movía casi ningún automóvil... Llegados al miércoles y jueves, no funcionaba nada sobre ruedas (bueno, las bicis sí). 
En el colegio, por las mañanas, ya no había jaleo con el tráfico de coches aparcando para que bajaran los niños, pues éstos tenían que venir de sus casas andando, a kilómetros de distancia. Pedro les veía caminar cansados al lado de la carretera, mientras él y su abuelo iban por el medio de la carretera tan tranquilos, montados en el carrito que arrastraba su asno.
- ¿Me puedo montar contigo? -le decía alguno de ellos.
Y Pedro, que tenía buen corazón, quería ayudarles y miraba con cara de súplica a su abuelo para que sus compañeros pudieran subirse con ellos, pero el abuelo decía:
- Lo siento mucho, pero no podemos cargar más al pobre Chiquito (que era el nombre del burro).
Y seguían su camino los tres, Chiquito, el abuelo y Pedro, mientras oían las conversaciones y los gritos que les llegaban de los que andaban a su lado, con cosas como:
- Papá ¿por qué no compras un coche como ese? -decían señalando al carro- ¡Me canso de andar!
Y el abuelo le dijo a Pedro:
- ¿Ves, Pedro? hace pocos días todos los coches nos adelantaban y tus compañeros se reían de nosotros, hoy quisieran ir montados aquí en el carro. Lo que parece muy bueno un día, al día siguiente puede no serlo. De todos modos, lo que sí que es seguro es que en cuanto acabe esta huelga todos nos volverán a adelantar... ¿verdad? -y mirando a su nieto con una gran sonrisa, añadió:
- Pero ¡que importa! ¡Nadie tiene un vehículo tan especial como el nuestro! 
Y Pedro le dio un abrazo muy grande a su abuelo, pensando que era cierto, que iban en en un medio de transporte muy especial. Mientras tanto, Chiquito se hacía un poco el chuleta delante de todos los que le miraban: se ponía a galopar un ratito, después iba despacio, levantaba las patas de delante, movía la cabeza de un lado a otro... Hacía tanta tontería solo para hacerse el interesante.  



lunes, 24 de septiembre de 2018

Aventura de verano

Cuento de y con hueveras, nº 5. 
Hace muchos años, en un pueblecito de los Pirineos, cada familia tenía en su casa gallinas y pollitos. Y algún gallo. Todos ellos salían a jugar y picotear por las calles del pueblo y cada vecino conocía los que eran suyos. Cuando se hacía de noche, cada uno recogía los que le pertenecían y los llevaba a cobijarlos en su casa.
Los pollitos se lo pasaban en grande. Jugaban al escondite, hacían carreras, buscaban lombrices... Pero aquella tarde de agosto, fue diferente. El caso es que estaban todos muy acalorados y todo el rato buscaban  alguna sombra donde resguardarse del fuerte sol. Y como no tenían ganas de correr, hablaban, para combatir el aburrimiento.
- Ya se qué podríamos hacer - dijo de repente uno de ellos, que parecía el más locuelo - Podríamos ir al río, he oído que allí hay mucha agua, y si nos mojáramos un poco nos refrescaríamos.
- Estás loco. Es un sitio muy peligroso y ninguno de nosotros ha estado nunca, ni siquiera sabemos llegar. Y mamá tampoco ha estado nunca.
- No puede ser tan peligroso ni estar tan lejos porque María mi dueña, va cada día. Bueno, al río no, al huerto que tiene allí al lado - continuó diciendo el pollito aventurero.
- Podemos probar, y si nos cansamos por el camino, pues nos damos la vuelta - dijo el mayor del grupo.
Y muy excitados con la idea de descubrir cosas nuevas, se pusieron en marcha. Al rítmo del "pío, pío" que iban cantando cada uno por su lado, se fueron a la salida del pueblo y después bajaron por una pendiente bastante pronunciada, que les pareció divertidísima, y que alguno de ellos bajó dando volteretas, y no por gusto...   Ya en el llano, divisaron agua, que a ellos les pareció el río y allí pasaron un buen rato chapoteando y mojándose las patitas. 
Cuando ya parecía que el sol se iba a ocultar, el más sensato dijo que era hora de volver a casa, y aunque algunos refunfuñaron, empezaron el camino del regreso. Lo malo fue que lo que antes era bajada, entonces era subida, y a los pobres pollitos les fallaban las fuerzas. Menos mal que por el pueblo ya los habían encontrado a faltar y los vecinos los andaban buscando. Cuando al fin los localizaron, los dueños se pusieron muy contentos y les ayudaron a subir aquella cuesta, aunque también les iban regañando cariñosamente:
- Pero ¿por qué os habéis sido solos? Ya no estaremos tranquilos cuando os dejemos en la calle - decía María- ¡Que ideas! 
- Menos mal que no han llegado al río... - dijo un señor mayor.
Cuando oyeron esta frase, los pollitos se quedaron petrificados y se decían los unos a los otros:
- Pero ¿qué cuentan? ¿que aquello no era el río? ¿pues dónde se supone que hemos estado? ¡que fraude! ¡nosotros queríamos ir al río! ¡que ridículo hemos hecho!
Entonces el compañero aventurero les hizo reflexionar:
-  ¿Que no os lo habéis pasado bien?  ¿no nos hemos divertido? ¿no nos hemos refrescado? ¿no nos ha costado ya mucho esfuerzo llegar hasta donde hemos llegado? es igual si hemos estado en el río o en una charca, ha sido un día diferente y hemos vivido una aventura especial. Cuando seamos mayores, a lo mejor podremos llegar al río de verdad.
Y un gran rumor de pío, píos, vino a aprobar esta reflexión, mientras iban caminando felices y contentos por las calles, regresando a casa, eso sí, controlados por sus dueños y dueñas. 

Los conejitos presumidos

   

Cuento de y con hueveras, nº 4.

E

En el Reino de las hueveras, los conejitos siempre han tenido fama de ser un poco presumidos. Ya sea porque para la Pascua ellos son los protagonistas absolutos o porque, la verdad, es que son muy graciosos, el caso es que siempre miran un poco por encima del hombro (es una manera de hablar...) a los demás.
Queremos contaros lo que les pasó un día, para que os deis cuenta de que no hay nadie superior a los demás, todo el mundo tiene alguna cualidad. Una cualidad o cualidades que a algunos se les ven enseguida, y a otros hay que buscárselas con más atención.
El caso es que estaban los conejitos y conejitas tan felices hablando de sus cosas, como:
- ¿Has visto que elegante va Peter Rabbit de Beatrix Potter?
- ¡Me encanta! pero los modelos que visten las creaciones de Villeroy & Boch son divinas!
- Es que los tonos pastel favorecen mucho...
Y así estaban pasando el rato, ju, ju, ja, ja, cuando se acercó al grupo una ardilla.
- ¿Dónde vas? -le preguntó con malos modales un conejo muy grande y gordo.
- Hola -respondió amablemente la ardilla- estoy sola por aquí y no conozco a nadie ¿puedo quedarme un rato con vosotros?
- ¿Tú qué opinas? -le preguntó el conejo maleducado mirándole fijamente a los ojos  - ¿crees que nos puede interesar algo de lo que digas? ¿nos vas a decir lo que se llevará esta próxima temporada? Ja, ja, ja ¡con las pintas que llevas!
Y la ardilla se quedó tan triste que no pudo decir nada, bajó la cabecita y se marchó agarrando muy fuerte la nuez que tenía a medio comer.
No había pasado mucho rato, cuando apareció de repente un hombre que cazaba conejos para venderlos en el mercado. Como atacó por sorpresa, pillo a tres o cuatro de ellos de golpe y los metió en un cesto de mimbre. Después colgó el cesto de una rama, suspendido en el aire, para que no pudieran salir, y se marchó corriendo a perseguir a los otros conejitos que se habían escapado.
Dentro del cesto, los animalitos gritaban a su manera ¡ayuda! ¡socorro! y la ardilla, que no andaba muy lejos, se acercó a ver que pasaba. Una voz sobresalía del interior "¡Sacadnos de aquí! ¡sacadnos, por favor!" decía, y ella reconoció inmediatamente al conejo antipático:
- ¿Es Vd. señor conejo? -le preguntó la ardilla - ¿puedo ayudarle?
Y el conejo, que la veía un poco a través de los mimbres del cesto, temiendo que no quisiera ayudarles por lo mal que la habían tratado poco antes,  le respondió zalamero:
- ¡Oh! ¡es Vd. señora ardilla! ¡que alegría oírla! ¿podríamos abusar de su amabilidad? 
- No se si voy bastante elegante para estar con Vdes... -contestó muy pillina la ardilla, mientras se le escapaba una sonrisita.
- ¡Que importa eso! - contestó el conejo - nos hará un gran favor si nos libera pronto.
Como ella tenía buen corazón y, aunque también tenía buena memoria no guardaba rencor, saltando de rama en rama consiguió acercar una de ellas al cesto, que abrió con sus fuertes dientes, y los conejos pudieron liberarse y descender hasta el suelo.
- Le pido perdón, señora ardilla -le dijo muy serio el conejo- hace poco rato nos hemos portado mal con Vd. y ahora nos ha salvado la vida. Le estamos muy agradecidos.
- Estoy contenta de haberles ayudado. De todos modos les sugiero, que la próxima vez que conozcan a alguien, en lugar de examinar cómo viste, cómo calza o cómo peina, se detengan a pensar en las cualidades que tiene esa criatura. Seguro que de alguna de ellas Vd. y sus amigos se podrán beneficiar -dijo sonriendo la ardilla muy digna.
Y los conejitos le ofrecieron una gran fiesta para darle las gracias y cuento contado... ¡Me olvidaba! ¡en la fiesta estaban todos, no faltaba nadie, porque el cazador ya no supo pillar a ninguno conejo más!