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martes, 5 de marzo de 2019

Perplejidad


Confusión, desorientación, turbación, inseguridad...

Llegué a aquella gran ciudad, enorme, moderna, rara. Me sentí envuelta y abrumada por montones de rascacielos, cruces de pasarelas elevadas para coches, para metros. Mucho bullicio, prisas, gente. Mucha gente.
El taxi se paró delante de un edificio altísimo y el taxista me dijo "su hotel". Me dirigí a la recepción que era minúscula, y allí, un empleado, nada más verme, me dijo "Piso 22". Y señalándome una dirección me empezó a gritar "The lift on the left". "¡The lift on the left!".
Mientras un nutrido grupo de turistas me empujaba hacia el ascensor, me percaté que no sabía el número de mi habitación. Dirigí una mirada de súplica a la persona que me había atendido y, con un gesto que daba a entender que comprendía la situación, el recepcionista puso en camino hacia mi una llave, que pasando de mano en mano llegó a mi poder justo cuando se abrían las puertas del ascensor y un montón de seres humanos entrábamos de golpe en él.
La llave, que era un modelo de hierro antiguo, llevaba una maderita atada con una cuerda, todo muy rústico y cutre, que no pegaba nada con todo lo demás. Se veía que había algo escrito sobre la superficie de la madera, pero no conseguía leer ningún número, porque estaba medio borrado. No me pude preocupar por este inconveniente porque empecé a sentir mientras tanto un auténtico pánico por lo que estaba pasando. El ascensor subía y subía a gran velocidad sin parar en ningún piso, hasta que, de repente, con un frenazo, llegamos al fin del trayecto, según anunció una voz por un altavoz. Entonces, descendió todo el mundo y, sorprendentemente, salimos a una calle, cuando yo tenía la impresión de estar ya en alguna galaxia.
En aquella ciudad se hablaba un idioma extraño, pero tenía la particularidad o yo al menos, la gran suerte, de que preguntara lo que preguntara a cualquier individuo, en cualquier idioma, siempre me entendían y me respondían en el idioma que había utilizado. Si les hablaba en francés, me contestaban en francés; en español, pues en español, en italiano, pues italiano... era como una torre de Babel al revés. Yo, tampoco sé por qué, a pesar de estas facilidades iba variando de idioma, me salía así...
Mi objetivo en aquellas circunstancias tan especiales, era llegar a un club de genealogía, pues me habían invitado a dar una conferencia. No sabía dónde dirigirme, pero me dejaba guiar por las numerosas personas que, cuando me veían dubitativa y despistada, se acercaban a mi y me preguntaban "¿Genealogía?" y cuando respondía "sí", o "oui", o "yes", etc. pues me decían "Sígame", y me iba detrás de ellos por vericuetos y enjambres de seres humanos, hasta que los perdía de vista.
Así, muy trabajosamente, llegué a una estación de metro, y tampoco faltó allí la presencia de alguien que parecía estar allí para informarme y me indicaba "¡Al fondo! ¡AL FONDO!".
 Y en el fondo había "aparcado" un vagón muy grande, y en su interior había mucha gente hablando animadamente. Entonces, un señor dio unos golpes con algo metálico e hizo callar a todo el mundo. En primer lugar, dio las gracias a la compañía de ferrocarriles, por habernos cedido aquél magnífico lugar para nuestra reunión y, acto seguido, me pasó la palabra para que hablara de mi libro. Abrí la maleta para buscar el ejemplar que había traído para la ocasión, pero me di cuenta que me había equivocado y lo que había cogido en casa era un libro de cuentos infantiles. Reconocí mi error ante el público, que se mostró muy decepcionado. Les dije que, de todos modos, les podía comentar cuales fueron mis motivaciones para escribir la historia, cómo me documenté... Nadie mostró interés por la proposición y el presidente de aquél acto, bastante mal educado, dijo que lo sentía mucho, pero que ya no había tiempo, que teníamos que marchar de allí rápidamente antes de que cerraran la estación. Y entonces empecé la  odisea número dos, la de ir al aeropuerto.
Muchos fueron los momentos de pánico, en los que dudé seriamente de poder regresar a casa algún día. Pero a pesar del dolor de piernas, andaba rápida por pasillos y galerías, y subía y bajaba escaleras mecánicas adelantando a los demás, porque el pensar en la familia me daba fuerzas para continuar el camino. Al final, como una aparición, ¡un milagro! vi delante de mi la sala de embarque del vuelo a Barcelona. Todavía no había empezado a ser feliz, cuando vi que el señor que atendía el mostrador, empezaba a hacerme gestos para que me acercara donde estaba él, y me dijo, sin introducción alguna:
- Nos hemos enterado que va a hacer una investigación genealógica en Ginebra. No siga con este plan. Se le recomienda encarecidamente que no la haga.
- Pero, oiga - dije temblando como una hoja- si eso es un proyecto que le comenté a una amiga hace ya muchos años, pero no estoy segura que lo vaya a hacer, está muy verde... Hasta se me había olvidado...
- Insisto -me dijo aquél empleado- se le recomienda que no continúe con esa idea. No olvide que se lo hemos advertido.
Sentí que me iba a derretir, pues las piernas se me volvían blandas. ¿En nombre de quién hablaba aquél empleado? ¿Quién me prohibía hacer una cosa tan inocente? ¿qué había detrás de todo eso?
Me quedé desconcertada, descolocada, perpleja.